Hablando con Murray Capill, autor de “Objetivo: El corazón”

 

Murray Capill es el director del seminario Reformed Theological College de Geelong. También es predicador habitual y autor de Objetivo: El corazón (Andamio, 2017). Capill explicó algunos de los conceptos tratados en este nuevo libro en una entrevista realizada para Coalición por el Evangelio.

¿Qué te impulsó a dedicarte a la predicación?

 Empecé a sentirme interesado en predicar cuando era adolescente. Solía oír a algunos predicadores que me inspiraron y pusieron carga en mi corazón para querer abrir la Palabra de Dios y exponerla como ellos hacían. Pero en términos académicos iba un poco atrasado en comparación al resto, por lo que realmente comencé a leer cuando ya era un adolescente. Recuerdo que el primer autor que leí fue Martyn Lloyd-Jones, cuyas predicaciones me cautivaron por completo. Luego, leí a C.H. Spurgeon y a J.C. Ryle. Estos autores, a pesar de pertenecer a otras épocas, suscitaron en mí el hambre y el deseo de escuchar predicaciones expositivas.

Al mismo tiempo, el Señor estaba trabajando en distintos aspectos de mi vida. Dejé de asistir a la iglesia en la que había crecido y pasé un año yendo y viniendo en la que fue una etapa bastante caótica. Me parecía tremendamente difícil encontrar una iglesia que siguiera una línea equilibrada, en la que hubiese predicación de la sana doctrina, comunión fraternal, ministerios activos en los que servir, doctrina sólida y carácter evangelístico. Me di cuenta de que las iglesias tienden a tener un punto fuerte (de entre los que acabo de mencionar), mientras que en el resto son muy deficientes. Con mucha frecuencia, la mayor debilidad era, precisamente, la predicación. El Señor usó esta realidad para acrecentar mi anhelo de predicar y de ayudar a edificar a otros hermanos en la sana doctrina.

Justo en ese momento comencé la universidad y me involucré en los grupos bíblicos universitarios (Christian Union), donde tomé el primer contacto con el papel de líder. Ahí fui consciente de que mi propósito era ministrar la Palabra y pastorear a otros creyentes. Por tanto, mis tres alicientes (predicadores que me motivaron, la preocupación por la iglesia de hoy y las primeras tomas de contacto con el ministerio) no hicieron más que aumentar mi llamado para servir como pastor y predicador.

¿Quién fue determinante en tu decisión de servir?

Los principales son los autores que leí y oí, como los ya mencionados Martyn Lloyd-Jones (el más decisivo) o Spurgeon. También incluiría muchos de los sermones que escuchaba (¡en las cintas de casete de entonces!) de predicadores como Al Martin, John Stott, David Pawson, Stuart Briscoe, Charles Price y otros, que tenían estilos y perspectivas tan variadas como enriquecedoras. Si bien es cierto que en la actualidad contamos con otra generación de predicadores, esa lista de expositores de la Biblia que he citado resultó ser uno de los factores que mayor peso tuvo en mi decisión de servir.

Francamente, los sermones de estos antiguos hombres de Dios fueron más instructivos y motivantes que los de aquellos que predicaban en carne y hueso frente a mí. Además, en aquellos años en los que me sentía llamado a servir, no existían grupos de discipulado en mi iglesia. No obstante, el apoyo más fuerte lo recibí del pastor de mi iglesia y, posteriormente, de los profesores del seminario donde estudié: Reformed Theological College (Geelong). Gracias a ellos, se confirmó mi convicción de que ese era el plan que Dios tenía para mi vida.

En 2014 se publicó tu libro Objetivo: El corazón, que aborda la importancia de presentar aplicaciones a la vida diaria en las predicaciones. ¿Qué te llevó a ver la necesidad de un libro con este contenido?

Durante la formación que reciben los predicadores para dar mensajes expositivos, solemos hacer hincapié en instruirles en unos fundamentos teóricos férreos, un buen uso del lenguaje y herramientas para la exégesis y, muy a menudo, pautas en los aspectos básicos de la homilética. Sin embargo, no se les proporciona una base para aplicar el texto bíblico, es decir, para extrapolar y trasladar las verdades bíblicas a las diferentes circunstancias que enfrentan los creyentes. Por si fuera poca ayuda, los comentarios no llegan a ser del todo útiles, porque no aportan formas de aplicar el pasaje a la realidad directa en la que se encuentra el pastor. Por tanto, el problema radica en que, a pesar de que el pastor sea un logrado exegeta y cuente con un vasto conocimiento bíblico, no es capaz de verter la verdad bíblica en el día a día del creyente, de manera que sus mensajes se convierten en una clase magistral en lugar de una predicación. Y, en definitiva, una clase magistral o una conferencia no es una predicación, ya que la función de esta última no es únicamente explicar el texto, sino expresar y remarcar la idea del texto que confronte a los creyentes en su caminar diario. En otras palabras, su objetivo es poner en contraste el principio bíblico con las experiencias reales que viven los cristianos.

Por todo esto, mi papel era facilitarles a los pastores algunas herramientas que les permitieran reflexionar más profundamente en cómo aplicar la Palabra de Dios. Quería ayudarles a evitar las típicas frases que incorporaban al final del sermón a modo de suplemento o extra, esas exhortaciones tan predecibles como, por ejemplo: leer más la Biblia, orar más o asistir más a la iglesia. Al contrario, quería hacerles ver que la aplicación que presenten debe moldear e impregnar todo el mensaje, el cual debe estar dirigido directo al corazón del oyente.

Con toda probabilidad, todos podemos recordar algún punto clave de un sermón que nos marcó de manera especial. Y también podemos recordar esos mensajes que, pese a ser buenos, no provocaron nada extraordinario en nosotros. ¿En qué medida depende del predicador que el mensaje tenga un impacto en nuestro corazón?

Me gusta la distinción que hace Tim Keller entre un “buen” sermón y un “gran” sermón. Tim dice que el predicador puede esforzarse en confeccionar un buen sermón, pero solo el Espíritu Santo puede transformarlo en un gran sermón. A veces, el Espíritu Santo toma nuestro trabajo (por muy común y corriente que sea) y lo usa con todo su poder para hablar a los creyentes. Ese es un motivo de oración en el que debemos perseverar.

Ahora bien, nuestra labor como predicadores, además de orar para que esto ocurra, es hacer todo lo que está en nuestra mano para transmitir “buenos” sermones. Para que un sermón sea “bueno”, en mi opinión no solo debe ser fidedigno al texto bíblico, o ser claro y convincente, sino que su mensaje debe apuntar directamente al corazón del oyente. Es decir, en cada sermón la diana debería ser el corazón de los que están escuchando: iluminar sus mentes, convencer a sus conciencias, fomentar su carácter y actitud cristianos, y conducirles a actuar conforme a la Palabra.

Cualquier predicación, incluso la más rutinaria, debería llegar a lo más íntimo del corazón, lo cual se traducirá en un impacto que, a su vez, provocará cambios en el alma y en la vida del oyente. Claro está que depende completamente de la intervención del Espíritu Santo el hecho de que la Palabra penetre en el corazón. Solo puede producirse un cambio cuando el Espíritu Santo obra. Pero el Espíritu cuenta con medios para ello, y uno de los más usuales es la habilidad del predicador para aplicar la Palabra a la circunstancia en concreto. Por tanto, debemos hacer tanto como podamos a la vez que debemos sujetarnos por entero al Espíritu de Dios.

¿Qué crees que deberían aprender los jóvenes predicadores?

Pienso que hay tres cosas que hacen falta para una buena predicación: contenido, conexión y comunicación.

  • El contenido es la sustancia bíblica y teológica del mensaje. Si no es consistente, el mensaje estará vacío y será inservible.
  • La conexión se refiere al vínculo que se establece entre el mensaje principal del texto y los corazones y vidas de los creyentes de hoy. Si este vínculo no está bien enlazado o no existe, acabamos con una clase magistral y no con una predicación.
  • La comunicación es el modo en el que se presenta el contenido junto con la aplicación. El lenguaje ha de ser claro y convincente, que llegue al oyente y le enganche y que, a la vez, muestre fuerza y afecto.

Estas tres características, como conjunto indivisible, serían las esenciales para una buena predicación. Todas ellas requieren de la práctica y, por tanto, de tiempo y dedicación. Por eso suelo decir que los primeros cien sermones son los más arduos. Chappo (John Chapman) era aún más exigente, porque decía que los primeros 50 años son los más duros.

Sin embargo, un segundo consejo sería que, aunque se trabaje con diligencia y se tengan dones, nunca debemos intentar ser impresionantes o destacar. No busques ser el siguiente Keller, Piper o Jensen, o cual sea tu modelo a seguir. A nuestro alrededor contamos con predicadores de nombres sonados a quienes Dios ha usado y bendecido. No creo que aspiraran a ser de tanto impacto, sino que eso sucedió como consecuencia de que se dejaran usar por Dios. Debemos sentirnos satisfechos y gozosos con el modo en que Dios desea usarnos a cada uno, incluso cuando nuestro lugar de servicio sea menos visible.

Es más, considero que la obra de la iglesia de Cristo avanza en gran parte gracias a la labor de gente “ordinaria” que da lo mejor de sí en los ministerios que jamás serán reconocidos a gran escala. Las iglesias no necesitan que sus miembros sean famosos, sino genuinamente cristianos, diligentes y humildes. Como predicador, trata de darles lo mejor de ti a cada creyente: que tu amor sincero hacia ellos te mueva a escudriñar las Escrituras y extraer la esencia de cada pasaje sobre el cual predicas, y que tu amor sincero te conduzca a predicarles a sus corazones y a darle valor a cada mensaje en sus vidas. Que tu amor para con ellos sea lo que impulse que tu ministerio esté centrado en Cristo, y no en ti ni en tus habilidades.

A veces se usa el versículo de 1 Corintios 2:1 para defender que el estilo del predicador no es una cuestión importante, siempre y cuando el mensaje contenga el evangelio. ¿Puede un predicador trabajar en sus técnicas estilísticas y en su producción oral sin que el evangelio se vea comprometido?

Es una muy buena pregunta. Es cierto que parece que Pablo infravalora cualquier cuestión relativa a estilo, retórica y comunicación en términos generales. Pero, si nos fijamos en el modo en el que él mismo escribe, se puede ver que es todo un profesional en el uso de los elementos retóricos porque aporta unos argumentos sólidos y convincentes, ilustraciones eficaces y un lenguaje intenso.

Pablo nunca se opuso a mejorar las habilidades comunicativas. Al contrario, él se refería en contra del amor que profesaban los griegos hacia la brillantez del habla. Lo que Pablo dice es que la predicación no tiene tanto que ver con el discurso o la oratoria, es decir, no existe para que el predicador alardee de su propia saber o hacer. Se trata únicamente de la gloria de Cristo y de lo maravilloso del evangelio.

Nuestra labor como pastores, por tanto, es expresarnos de la mejor manera que podamos con el objetivo de que el nombre de Cristo sea exaltado. Nuestro deseo es hablar sin rodeos, de manera clara y convincente, con sabiduría de lo alto y tratando los temas que son de interés para nuestra congregación. Y, aun necesitando una gran habilidad para poder llevar esto a cabo, el propósito no es que mostremos lo estupendamente bien que lo hacemos. Necesitamos comunicar el mensaje lo mejor que podamos, pero también necesitamos examinar nuestros corazones y asegurarnos de que nuestra predicación es cristo-céntrica, no ego-céntrica.

¿Qué es lo más duro a lo que hay que enfrentarse a la hora de predicar?

Parece una tarea sencilla elaborar una buena predicación porque, de hecho, los predicadores suelen hacer que parezca fácil. Pero no lo es, ya que detrás de ella hay numerosas horas de trabajo arduo en el que intervienen la exégesis, la aplicación y la comunicación. En mi opinión, la parte más complicada de la predicación es perseverar en ese trabajo semana tras semana y año tras año. Es sencillo elaborar una predicación genial de vez en cuando; pero cuanto mayor es el hábito de predicar, más profundo ha de ser el estudio, porque, de lo contrario, se puede convertir en un sistema mecanizado con todo el peligro que ello conlleva. Ahora bien, si quieres dejarte usar por Dios, necesitas crecer tú mismo a la luz de la Palabra, aprender más de ella y orar con más ahínco para que Dios bendiga su Palabra. Nunca pienses que ya has llegado al tope y que ya lo has visto o lo sabes todo. La predicación debe estar internamente en ti y, en cualquier circunstancia que se te presente, has de poder practicarla cuando estés sirviendo en otros ministerios. La predicación siempre merece tu mejor tiempo, tus mejores energías y tu mayor concentración.

 

Esta entrevista es una traducción de una publicada en The Gospel Coalition. Si quieres leerlo en inglés, puedes hacerlo. Está publicada en dos partes: parte I y parte II.

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