De camino con John Stott

Un pastor anglicano muere a los 90 años en Inglaterra y alrededor del mundo miles de personas de todas las denominaciones cristianas, responden ante la noticia con dolor y gratitud a Dios por su vida. El miércoles 27 de julio de 2011 por la tarde, John Stott pasó a la presencia de Dios en St. Barnabas, la residencia de pastores anglicanos jubilados donde vivía. La noticia de su viaje a la casa del Padre ha tenido repercusión mundial. Porque por todo el mundo hay personas cuyas vidas fueron enriquecidas y bendecidas por el ministerio de predicación, docencia y literatura de este infatigable siervo de Dios. En abril del 2005, el conocido semanario estadounidense Time incluyó a Stott entre las cien personas más influyentes del mundo.

Como un pequeño homenaje me limito ahora a recordar algunos momentos de una larga amistad con la que John Stott me honró, esperando que mis lectores lleguen también a apreciarlo.

Hago memoria de mi primer contacto con Stott y recuerdo que fue su libro Cristianismo básico que acababa de aparecer en inglés, y que mi mentor y amigo Roberto Young me regaló en marzo de 1959. El libro me cautivó y recuerdo todavía que viajábamos por tierra de Quito en Ecuador a Ipiales en Colombia, en una carretera no pavimentada. A pesar de los continuos saltos del bus no pude dejar de leer. La claridad, convicción y calidez del estilo no me dejaban soltar el libro.

Poco más adelante, en agosto de ese mismo año, lo conocí personalmente. Estábamos con René Padilla y otros asesores de la Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos (CIEE-GBU), tomando un curso en Inglaterra. John Stott fue nuestro guía en la visita a la Universidad de Cambridge y lo escuchamos predicar durante el curso. Su figura elegante, su amabilidad, su profunda convicción evangélica y su piedad sin afectación, dejaron en nosotros una impresión profunda y duradera. Como buen bautista peruano en ese entonces yo no entendía la liturgia clásica. Cuando en domingo visitamos la Iglesia Anglicana de All Souls, en el centro de Londres, que Stott pastoreaba, y vi las vestiduras de los oficiantes y luego las puestas de pie o de rodillas de la congregación, de tanto en tanto, me sentí algo sospechoso e inquieto. Me ha llevado un tiempo entender la riqueza y variedad de la liturgia cristiana universal que aprecio hoy de manera especial. El sermón de Stott fue una exposición clara, bella y aplicable del pasaje bíblico que se leyó. De allí en adelante traté de leer cuanto llegaba a mis manos de su pluma.

Mientras estudiaba para mi doctorado en la Universidad Complutense de Madrid, fui invitado al Congreso Mundial de Evangelización en Berlín, en noviembre de 1966. Allí volví a ver a Stott. Para mi sorpresa, me saludó por mi nombre y con la mayor naturalidad me dijo que oraba regularmente por quienes trabajábamos con universitarios en la Comunidad Internacional de Estudiantes en América Latina, y que seguía con regularidad las noticias de nuestros esfuerzos. En el Congreso de Berlín su exposición de la Gran Comisión en el Evangelio de Juan fue muy impactante para mí. Jesús no solo nos comisiona sino también nos da un modelo: “Como me envió el Padre así también yo os envío”. Desarrolló entonces una temática que habíamos estado trabajando en América Latina con René Padilla, en el esfuerzo por ofrecer bases bíblicas para una misión integral. José Grau publicó en 1969 las exposiciones de Stott con el título de La evangelización y la Biblia.                                                                                                                                                     

Nos vimos más adelante y tuve oportunidad de conversar mucho con él en la convención misionera de universitarios celebrada en Urbana, Estados Unidos, en diciembre de 1970. Ese año la conferencia tuvo que confrontar el inquieto activismo social de los estudiantes, agitado en parte por el espíritu de Mayo 98 y por el testimonio del evangelista afroamericano Tom Skinner. Algunos de los organizadores del evento que congregaba a más de 8000 estudiantes se sentían nerviosos. Stott en cambio permaneció firme en su postura teológica evangélica pero abierto a la creciente conciencia social que se estaba dando entre evangélicos de todo el mundo en el proceso que se había iniciado con el Congreso de Berlín.

Tres años más tarde volví a encontrarme con él en la misma convención misionera. Para entonces mi familia y yo habíamos ido a vivir en Toronto, Canadá, donde fui director del movimiento estudiantil evangélico Inter Varsity (1972-1975). Stott vino como orador a algunos eventos y recuerdo que cuando mi esposa Lilly lo conoció y compartió de su amabilidad me comentó: “Este hombre es un santo”. Para entonces él esperaba con expectativa lo que había de ser su primera gira latinoamericana.

En enero de 1974 Stott y René Padilla realizaron institutos pastorales en México, Perú, Chile y Argentina. Era la primera visita de Stott a América Latina por cuenta de los grupos universitarios evangélicos y la Fraternidad Teológica Latinoamericana (FTL). Para entonces disponíamos en castellano de sus libros Cristianismo básico, Creer es también pensar y Hombres nuevos. En mis conversaciones con Stott pude notar la huella profunda que sus viajes por Asia, África y América Latina iba dejando en su memoria, enriqueciendo su experiencia. Tenía ya una perspectiva global más avanzada que la del típico clérigo británico. 

El Congreso de Evangelización de Lausana en 1974 fue una prueba de fuego para la postura de Stott y del grupo de evangelistas, misioneros y pensadores que habían venido forjando una visión de la misión integral. Los organizadores querían que un documento resumiese el proceso de exposición bíblica y reflexión teológica de aquel memorable evento. Tendría la forma de un compromiso colectivo: un Pacto. Fui invitado a ser miembro del Comité de redacción del Pacto junto con Hudson Armerding de Canadá, y Jim Douglas de Gran Bretaña. Lo presidía Stott. Recuerdo las noches memorables trabajando hasta la madrugada en la redacción del Pacto de Lausana leyendo centenares de propuestas de inclusiones o exclusiones del texto. La labor de Stott fue única y valiosa: su dominio del idioma inglés, la claridad de su pensamiento y su capacidad para integrar posiciones aparentemente adversas fueron decisivas en aquella difícil empresa, además trabajando con tremendas restricciones de tiempo. 

Stott fue persona clave en las conferencias y consultas que siguieron a Lausana especialmente Willowbank, Barbados sobre “Evangelio y Cultura” (1978) y Grand Rapids, Estados Unidos (1982) sobre “Evangelización y Responsabilidad Social de la Iglesia”. La calidad de los documentos finales de estas conferencias debe mucho a la capacidad editorial de Stott. Pero no sólo a eso sino a su irenismo, su capacidad de escuchar respetuosamente a cuantos fuese posible, y tratar de buscar suficientes puntos comunes como para lograr un acuerdo. Algo nada fácil en reuniones internacionales e interdenominacionales.

En junio-julio de 1977 la FTL auspició una nueva serie de institutos pastorales con John Stott y René Padilla en México, Guatemala, Ecuador y Argentina. Yo estaba entonces en Argentina, de regreso de Canadá, y aunque por motivos de salud no pude asistir al instituto, al terminar éste, Stott vino a pasar un par de días en nuestra casa en la ciudad de Córdoba. Mi esposa Lilly se sintió muchas veces feliz y halagada por la sincera gratitud que él siempre expresó por la hospitalidad que ella le había ofrecido.

En 1980 Stott fue invitado al Brasil y coincidimos en un curso de líderes en Recife. Allí sucedió algo inesperado. Durante una de sus exposiciones Stott mencionó con simpatía al obispo católico romano Helder Cámara, cuya figura había alcanzado fama en todo el mundo cristiano. En ese momento y como reacción a la creciente conciencia social de sectores avanzados del Catolicismo, los evangélicos en Brasil habían aumentado su tradicional oposición a cuánto viniese de fuente católica romana. Varios de los pastores presentes expresaron su desacuerdo con la simpatía por Helder Cámara que Stott había insinuado.

En 1983 se realizó la Asamblea Mundial de la Comunidad en Inglaterra. Después de ese evento Stott me invitó a presentar unas exposiciones en el “Instituto para el Cristianismo Contemporáneo” que él había fundado en Londres. En aquella oportunidad fuimos huéspedes de Stott en su apartamento en Londres y él tuvo la amabilidad de invitarnos a Lilly y a mí a un picnic en Hyde Park. Fue inolvidable el exquisito cuidado con que nos atendió. Tomamos un té inglés completo que Stott había traído en una hermosa cesta. Él extendió el mantel sobre el césped y fue sacando las tazas, los platos, el té, los sándwiches y los pasteles. Aquel té tuvo la riqueza, belleza y dignidad que tenían sus exposiciones bíblicas. Y luego como fin de fiesta nos llevó a un concierto en el famoso teatro Albert Hall.

En enero de 1985 Stott pasó un mes con el equipo de la Comunidad en América Latina, y unos cincuenta líderes estudiantiles evangélicos en Quito, en nuestro Seminario Continental. Su tema sobre hermenéutica y cultura fue muy bien recibido y dio lugar a un diálogo intenso. En esa oportunidad yo dejaba la Secretaría General de los GBU en América Latina que fue asumida por el economista brasileño Dieter Brepohl. Yo había sido invitado a enseñar en el Seminario Bautista del Este en Filadelfia, Estados Unidos. Fue valioso tener a Stott con nosotros en ese momento de transición. Desde entonces nos vimos muchas veces más en diferentes eventos y en diversas partes del mundo. Siempre me impresionó cómo este Capellán de la Reina de Inglaterra se había convertido en un ciudadano global con una sensibilidad especial para comprender la variedad de expresiones del Evangelio en las más diversas culturas. 

Una de las cosas que más admiré en Stott fue su convicción evangélica fundamental en la que no hacía concesiones, unida a su apertura a dialogar con todas las posturas teológicas y a escuchar a todos con respeto y consideración: lo que yo llamaría un evangelicalismo abierto. Llegado el momento, sin embargo, él decidía cuándo le tocaba seguir su propio curso evangélico. También admiré la seriedad con que tomó su tarea de escritor, una vocación cultivada con esmero. Me decía: “Samuel, así como anotas en tu agenda entrevistas con algunas personas o compromisos para predicar, tienes que anotar tiempos específicos para escribir y no dejar que nada los desplace o postergue”. Fue por su estímulo e insistencia que aparté tiempo para escribir mi libro Cómo comprender la misión. Todas las entradas que él recibía como derechos de autor por sus libros, que se vendían y se siguen vendiendo mucho y en varios idiomas, los destinó a fondos de la Fundación Langham que creó para estimular a escritores y capacitar a predicadores en Asia, África y América Latina. Stott vivía con la mayor sencillez: había adoptado la pobreza en forma voluntaria.

La última vez que estuvimos juntos fue en Lima, Perú, en el año 2001. Vino con su sucesor Chris Wright a un seminario-taller para pastores sobre predicación. Se lo veía algo frágil, y por momentos necesitaba ayuda para caminar. Pero cuando llegaba al púlpito era otra vez Stott en lo mejor de su estilo: claro, contundente, pastoral con un tono de voz en el que había al mismo tiempo autoridad y afecto. Un día que paseábamos en Lima, tuvimos que esperar para cruzar una calle de dos carriles de autos. No había semáforo y la fila parecía interminable. Chris estaba a la derecha de Stott y yo a su izquierda. De pronto se abrió un pequeño claro en el flujo de autos y Stott saltó y en dos grandes trancos cruzó la calle. Cuando Chris y yo sorprendidos, alcanzamos a cruzar, Stott con una sonrisita pícara nos dijo: “No se olviden que yo vivo en Londres y allí en la calle sólo hay dos tipos de personas; los veloces y los muertos”.   

La herencia literaria de Stott

Stott ha partido pero deja una herencia literaria sorprendente, caracterizada por la claridad, la precisión de los datos bíblicos, la solidez de la teología y la aplicabilidad de las ideas a la vida diaria. De los 53 libros que publicó en inglés, 24 se han traducido al castellano, aunque no todos están disponibles. Presento brevemente el pensamiento de Stott mencionando libros que en este momento están disponibles en lengua castellana.

El diálogo sobre la misión

Entre 1977 y 1984 se llevó a cabo un diálogo entre teólogos y biblistas católicorromanos y evangélicos sobre el tema de la misión cristiana. El valioso e interesante resumen de ese diálogo apareció como libro editado por Basil Meking, teólogo Católico y John R.W. Stott, con el título Diálogo sobre la misión . El diálogo se denomino ERCDOM (Evangelical/Roman Catholic Dialogue on Mission), y se realizó en el curso de tres encuentros Participaron en este largo proceso de diálogo 21 teólogos, biblistas y misioneros católicorromanos y 11 teólogos, biblistas y misioneros evangélicos de diferentes partes del mundo en tres encuentros en Venecia (1977), Cambridge (1982) y Landévenne, Francia (1984). 

No siempre los evangélicos reconocemos que hay dentro de la Iglesia Católica personas con un espíritu evangélico en su práctica y su reflexión misionera. Este libro tiene siete capítulos y muestra coincidencias entre unos y otros pero también expone con claridad las diferencias. Dice en su Introducción: “Dentro de sus limitaciones nuestro informe describe varias áreas en las cuales evangélicos y católicorromanos tienen posiciones en común, las mismas que podemos ver con mayor claridad cuando superamos los estereotipos y los prejuicios mutuos. Además pone sobre el tapete cuestiones difíciles respecto a las cuales evangélicos y católicorromanos difieren y respecto a las cuales en los últimos siete años los que participamos en el diálogo aprendimos a hablar y escucharnos mutuamente”.

La fe Cristocéntrica de John Stott

Su autorretrato teológico y vital sería Por qué soy cristiano un testimonio cálido, inteligente y convincente de su fe, quizás la mejor introducción para comprender las convicciones básicas que han guiado su vida. La forma en que articula su fe para comunicarla se puede apreciar en Cristianismo básico donde expone lo que significa creer en Cristo y articula las bases bíblicas y racionales de una postura cristiana en el mundo actual. Lo complementa Sobre la roca en el que trata de cómo crecer en la vida cristiana.

Todos los libros de Stott son cristocéntricos pero algunos de manera especial por su énfasis e intención, por ejemplo, La Cruz de Cristo, uno de los libros que el autor más quería y que demuestra que la cruz es central para comprender de veras a Jesús. Teología profunda pero no difícil de entender. Uno más reciente es Cristo, el incomparable en el cual Stott expone la manera en que se ha aclarado y enriquecido en los estudios más recientes, alrededor del mundo la comprensión de la persona y obra de Cristo. Explora también el impacto de Jesús a lo largo de los siglos.

El fundamento bíblico de su teología

Stott se confesaba “evangélico” en el sentido de alguien que une a su fe en Cristo la convicción de la necesidad de una conversión personal, de sometimiento a la autoridad de la Palabra de Dios, de militancia en una iglesia local, y de obediencia al mandato misionero de Jesucristo. Su libro Cómo comprender la Biblia es una muestra práctica de su convicción sobre cómo entender la fuente principal por la cual el Espíritu de Dios va dando forma a nuestra fe. Por otra parte, como le tocó presentar su fe en círculos muy variados, católicos, ecuménicos, ultraconservadores, mantuvo un evangelicalismo abierto y dialógico aunque firme en lo fundamental. Jesús fue en eso su ejemplo y lo demuestra en su libro Las controversias de Jesús. Para Stott en el mundo actual, que en Occidente se ha ido alejando de sus raíces judeo-cristianas, el ser cristiano requiere hoy en día estar dispuesto a ir contra la corriente, a cultivar lo que llama una “contracultura cristiana”. Esto lo expone de manera magistral en su exposición de El sermón del monte.

La riqueza y belleza de la exposición bíblica                                                                                                                                                        

Fue la parte de su ministerio docente que más personas han apreciado por todo el mundo. Stott inició y sirvió como editor de una serie de libros dedicados a la exposición bíblica en el contexto contemporáneo: “La Biblia habla hoy”. Él mismo escribió varias de estas exposiciones incluyendo El mensaje de Efesios, El mensaje de Romanos y El mensaje de Hechos. Son el tipo de libro escrito especialmente para servir como ayuda a maestros o maestras de Escuela Dominical, y a predicadores que buscan formarse. En 1999 y a pedido de Angelit Guzmán, obrera entonces de la Comunidad, Stott accedió a la invitación a escribir algo breve y autobiográfico sobre el tema Así leo la Biblia, libro que apareció junto a trabajos del predicador ecuatoriano Jorge Atiencia y de este servidor. Casi todos los libros que aquí se mencionan se pueden conseguir en las librerías del consorcio Letra Viva que incluye a Editorial Certeza Argentina de Buenos Aires, Ediciones Puma de Lima, Ediciones Lámpara de Bolivia y Andamio Editorial de Barcelona, España. 


SAMUEL ESCOBAR AGUIRRE

“Una de las cosas que más admiré en Stott fue su convicción evangélica fundamental en la que no hacía concesiones, unida a su apertura a dialogar con todas las posturas teológicas y a escuchar a todos con respeto y consideración: lo que yo llamaría un evangelicalismo abierto. Llegado el momento, sin embargo, él decidía cuándo le tocaba seguir su propio curso evangélico. También admiré la seriedad con que tomó su tarea de escritor, una vocación cultivada con esmero. Me decía: Samuel, así como anotas en tu agenda entrevistas con algunas personas o compromisos para predicar, tienes que anotar tiempos específicos para escribir y no dejar que nada los desplace o postergue”.

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