Una identidad que se ciega a sí misma

Una identidad superficial es también la que impide que veamos cómo somos en realidad. Aquí está Jonás, un profeta de Dios con una posición privilegiada en la comunidad del pacto, que a cada paso está obcecado, absorto en sí mismo, es intolerante y ridículo. Sin embargo, parece que no se da cuenta de ello. De hecho, parece estar más ciego que nadie ante cualquiera de sus defectos. ¿Cómo puede ser así?

Jonás nos recuerda a otro personaje bíblico: Pedro. También ocupaba un lugar de privilegio en la comunidad de la fe. Era uno de los amigos íntimos de Jesús y estaba bastante orgulloso de ello. Antes de que arrestasen a Jesús, Pedro prometió que, si llegaba la persecución, aunque los otros discípulos abandonasen a Jesús, él no lo haría (Juan 13:37; Mateo 26:35). De hecho, dijo: “Mi amor y mi devoción por ti son mayores que los de cualquier otro discípulo. Seré más valiente que nadie, ocurra lo que ocurra”. Sin embargo, resultó ser el mayor cobarde de todos, que negó a Jesús en público tres veces. ¿Cómo podría Pedro estar tan ciego ante la realidad de quién era?

La respuesta es que la identidad más básica de Pedro no se basaba tanto en el amor gratuito de Jesús por él, sino en su compromiso y amor por Jesús. Su amor propio se basaba en el nivel de compromiso a Cristo que pensó que había alcanzado. Tenía confianza ante Dios y la humanidad debido a que, según él creía, era un seguidor de Cristo totalmente comprometido. Hay dos resultados de una identidad así.

El primer resultado es una ceguera ante quiénes somos de verdad. Si sientes que tienes valor por lo valiente que eres, será traumático admitir la más mínima expresión de cobardía. Si te apoyas en tu coraje, cualquier síntoma de flaqueo significará que ya no eres “tú”. Sentirás que no tienes ningún valor. En realidad, si basas tu identidad en cualquier tipo de logro, bondad o virtud, tendrás que vivir negando la intensidad de tus fracasos o carencias. No tendrás una identidad lo suficientemente segura como para admitir tus pecados, debilidades o defectos.

El segundo resultado es sentir hostilidad, en lugar de respeto, hacia las personas que son diferentes. Cuando vinieron a arrestar a Jesús, aunque Jesús les había avisado en numerosas ocasiones de que esto ocurriría, Pedro sacó una espada y cortó la oreja de uno de los soldados. Cualquier identidad que se basa en nuestros propios logros y rendimiento es inestable. Nunca estás seguro de haber hecho suficiente. Eso significa, por una parte, que no puedes ser sincero contigo mismo respecto a tus propios defectos. Sin embargo, también significa que tienes que reafirmar tu identidad contrastándola (y siendo hostil) con aquellos que son diferentes.

Pedro y Jonás estaban orgullosos de su devoción religiosa y basaban su propia imagen en los logros espirituales. Como resultado, ambos estaban ciegos a sus defectos y a su pecado, y eran hostiles con aquellos que eran diferentes. Jonás no muestra ninguna preocupación por la grave situación espiritual de los ninivitas, ni ningún interés por trabajar junto a los marineros paganos por el bien de todos. Trata a los paganos no solo como personas diferentes, sino como “extraños”, “los otros”, y participa en distintos tipos de exclusión.


El profeta pródigo: Jonás y el misterio de la misericordia de Dios, Timothy Keller

Un profeta enfadado. Un enemigo temido y detestable. Una tormenta devastadora. Y el sorprendente mensaje de un Dios misericordioso a su pueblo.

La mayoría de las personas, incluso aquellas que no son religiosas, conocen la historia de Jonás: un profeta rebelde que desafía a Dios y que es tragado por un gran pez. Lo que la gente no conoce tan bien es la segunda parte de la historia: lo que le ocurre a Jonás tras salir del vientre del animal. Sin embargo, es en esta parte donde se encuentra una de las lecciones más poderosas e importantes de la Biblia.

Esta famosa historia muestra cómo, si comprendiésemos la misericordia de Dios, nos llevaría a lugares donde preferiríamos no ir, a personas por las que preferiríamos no preocuparnos y, en última instancia, a los propósitos más profundos de Dios. En un momento de creciente división, “El profeta pródigo” nos muestra el amor de Dios en medio de las personas y cómo los cristianos deben escuchar el llamado de Dios incluso cuando los lleva a lugares incómodos.

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