¿Quién es tu Timoteo?

Las personas siempre han sido claves en la obra de Dios porque Él quiere usarnos para sus propósitos. Lo vemos desde el principio en la formación de su pueblo, el pueblo de Israel. Y lo seguimos viendo no solo en la forma en la que Jesús desarrolla su propio ministerio, sino en la forma de ministerio que establece para sus discípulos y, por consiguiente, para su Iglesia. Desde una perspectiva humana, las formas de Jesús pueden parecer chocantes. Al fin y al cabo, ¿no es Dios? ¿No le da esa identidad la capacidad de desarrollar un ministerio con sus propias fuerzas, sin la ayuda del ser humano? Leemos en la Biblia que Jesús “se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos” (Filipenses 2:7) y que, de hecho, ¡eso le valió la aprobación del Padre aun cuando ni siquiera había empezado su ministerio! (Mateo 3:17). La razón principal por la que Jesús adoptó voluntaria y estratégicamente este formato ministerial proviene de su misma esencia: Dios es trino y el modelo ministerial de Jesús refleja la Trinidad.

Además, Jesús sabía con antelación que su tiempo en la tierra era limitado y que, si quería ver continuidad en su labor, tenía que preparar a otros. Asimismo, Jesús era consciente de las limitaciones ligadas a su humanidad: necesitaba descanso porque se agotaba con las múltiples demandas ministeriales; tenía que comer y beber; estaba ligado geográficamente porque no podía estar en todas partes a la vez y dependía de Su Padre y se sometía a Él.

La forma ministerial que usó Jesús es un modelo realista para nosotros porque, de la misma manera, tenemos limitaciones que, por mucho que queramos, no podemos evitar; aunque en demasiadas ocasiones las ignoramos y eso provoca múltiples crisis ministeriales. Por realista entiendo, en primer lugar, que es posible, ya que, cuando no trabajamos solos, podemos llegar a más lugares y el Reino se extiende significativamente. Además, honramos a todas las personas del cuerpo de Cristo con su llamado y sus dones. En segundo lugar, entiendo que es sostenible, ya que el ministerio no ha de depender de nosotros. Si bien somos parte del plan de Dios y Él nos dota y capacita para cumplir sus propósitos, no somos imprescindibles. Jesús nos invita a compartir nuestra carga (Mateo 11:28-30) y Pablo nos recuerda que podemos y debemos compartirla con otros (Gálatas 6:2-4).

Con demasiada frecuencia, nuestros ministerios, más que una oportunidad de ejercer nuestros llamados y dones, son una plataforma para alimentar nuestros egos; más que una oportunidad para servir, son una excusa para manipular a otros a fin de conseguir nuestros propósitos. Adquirimos títulos y puestos ministeriales, y nos acomodamos de tal forma que no hay quien nos mueva. Nuestras iglesias y organizaciones están lideradas por las mismas personas que, o bien se apoltronan en sus puestos con contratos indefinidos sin protocolos de revisión, hasta el punto de que, al final, nadie se atreve a decir nada, o bien rotan de un puesto a otro sin dejar lugar a caras nuevas y aires frescos. Estas posturas no solo dificultan la posibilidad de cambio y renovación, sino que además nos llevan a excesos que con el tiempo desembocan en agotamientos que conducen al parón ministerial forzado, a veces temporal, a veces definitivo; en crisis de fe y vocacionales; en rupturas familiares provocadas por deslices de integridad, ausencia y negligencia, entre otros. La realidad más trágica es que nuestros ministerios carecen de poder y no llevan fruto. En definitiva, no reflejan la gloria que el Señor se merece, y la sal que debería sazonar nuestro mundo roto es tan insípida que tiene el efecto contrario.

Cuando decimos que vamos a formar a otro, estamos adquiriendo el compromiso de pasar el testigo, y la manera como lo hagamos revelará si nuestra identidad está puesta en nosotros mismos o en Cristo.

Pablo exhorta a Timoteo: “Lo que me has oído decir en presencia de muchos testigos, encomiéndalo a creyentes dignos de confianza, que a su vez estén capacitados para enseñar a otros” (2 Timoteo 2:2). Cuando tomamos el serio compromiso de formar a otros maestros para que desarrollen su propia vocación, su llamado de Dios y sus dones, y para que tomen el relevo cuando se presente el momento oportuno, estamos demostrando que hemos entendido nuestro ministerio como un ministerio multiplicador. Estamos demostrando que realmente amamos a las personas porque Dios nos amó primero.

El proceso de formar a otros pasa por buscar, reconocer y desarrollar los dones de otros; por dar oportunidades a los más jóvenes o menos experimentados; por caminar con ellos mientras experimentan y desarrollan su vocación y dones, ofreciéndoles retroalimentación constructiva para valorar cómo están creciendo. Este es el tema que a continuación exploraremos con más detalle.

Este es un fragmento de Formar para transformar: Propuesta para renovar el ministerio de enseñanza en la Iglesia, escrito por Edith Vilamajó Sanchis


Formar para transformar: Propuesta para renovar el ministerio de enseñanza en la Iglesia, Edith Vilamajó Sanchis

El propósito de este libro es presentar algunos elementos pedagógicos importantes que la Iglesia no suele tener en cuenta y que nos permitirán colaborar con el Espíritu Santo en el proceso de transformación del creyente. En cada capítulo se incluyen ejercicios prácticos que nos ayudarán a analizar y renovar nuestro ministerio de enseñanza. Asimismo, este libro pretende animar a los maestros a que nosotros mismos desarrollemos una relación con Dios transformadora, que sin duda tendrá un impacto en las personas a las que servimos.

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