Eres lo que comes

“Comida, gloriosa comida”, ¡me encanta! El problema es que a los occidentales les gusta demasiado. En el Reino Unido, vivimos en una sociedad en la que el 30% de la comida acaba en la basura. La obesidad infantil es un problema que va en aumento y, con todo, vivimos en un mundo en el que millones de personas se mueren de hambre. “Los alimentos”, igual que todo en esto de vivir reduciendo, es un tema amplísimo y desconcertante. Surgen cuestiones en torno a de dónde provienen los productos (kilometraje de los alimentos, comercio justo), cómo se producen (si es ecológica o no, si lleva aditivos o es procesada, el uso de pesticidas y abonos), las condiciones en las que vive el animal, cómo llega a nosotros (empaquetado, transporte aéreo y por carretera), y el equilibrio de lo que en realidad comemos (sano y estacional).

Nosotros comenzamos poquito a poquito como familia. Cultivamos algunas plantas aromáticas en el jardín (ninguno de nosotros había plantado nada antes), y empezamos a disfrutar del placer espontáneo de añadir un poco de cebollino o menta a una ensalada. Luego mi mujer decidió plantar algo más, alistando a los niños para que la ayudaran a sembrar unos tomates y unas zanahorias. Además de que estas verduras nos hacían sentir bien (no tenían ningún kilometraje, eran biológicas y estacionales), lo cierto es que estaban más buenas que nada que hubiéramos probado antes. Mi mujer entonces dio el enorme paso de encargarse de un jardín urbano y, tras seguir los consejos de algunos amigos e investigar un poco en internet, acabamos comiendo un montón de calabacines, coles, habichuelas, lechugas y hasta frambuesas y fresas criadas por nosotros. Suponía una enorme inversión de tiempo y esfuerzo físico, pero era también enormemente satisfactorio, no solo en términos de la buena comida que cosechábamos, sino también por las relaciones dentro y más allá de nuestra familia […]

Comer de manera ética es obviamente más caro, pero a pesar de ser una familia en continuo crecimiento con un salario que está considerablemente por debajo de la media nacional, no hemos notado ningún gran cambio en nuestra economía porque comemos mucha menos carne, criamos parte de los productos que consumimos y estamos continuamente al acecho de ofertas especiales en comida ética.

Como ya he mencionado, nuestras vidas no tienen por qué ser prescriptivas para los demás. Sabemos que podríamos hacer mucho más, y no todo el mundo va a estar de acuerdo con los pasos que hemos dado. Hay quien decidirá hacerse complemente vegetariano. Nosotros no lo somos porque Jesús no era vegetariano y nos parece importante apoyar a los granjeros que intentan producir carne de manera ética. Otros tendrán la posibilidad de criar sus propias gallinas, ovejas o cerdos, y cada vez me caen mejor quienes dicen que no deberías comer nada que no estés dispuesto a ver morir.

Antes de dejar el tema de la comida (aunque queda tanto por decir), quiero mencionar la importancia de disfrutar lo que comemos. Las comidas deberían ser celebraciones de la creación de Dios, en vez de simples paradas para recargar gasolina en una carrera de veinticuatro horas. No es casualidad que las fiestas y festivales de todas las culturas en todo el mundo incluyan comida. Nosotros hemos reinstaurado tiempos para comer “en condiciones”, sin televisión, teléfonos, auriculares u otras distracciones, en los que nos sentamos alrededor de una mesa, damos gracias a Dios antes de comer y hablamos unos con los otros.

De vez en cuando, tenemos comidas muy especiales: desayunos de cumpleaños con cruasanes y globos, o cenas espontáneas basadas en distintos países (con comida mexicana, india, libanesa) con tarjetas de menú, velas y hasta ropa elegante. Discutimos de dónde viene la comida, imaginando el campo en el que ha crecido y la gente que la ha cultivado, a la vez que damos gracias a Dios por proveérnosla y mantenernos. Dos veces por semana, por lo menos, realizamos a propósito una cena muy sencilla de arroz y dhal (una sopa de lentejas con especias) para identificarnos con toda la gente del mundo para quienes esta es su dieta básica, todo el día, todos los días.


Sabios con el planeta: Atrévete a cuidar la creación de Dios, Dave Bookless

Cuando estaba a punto de tirar la basura de la familia mientras disfrutábamos de unas vacaciones en una preciosa isla, Dios me habló. Podría haberme pasado desapercibido fácilmente, pero una voz interior me susurró: “¿Cómo crees que me sienta lo que le estás haciendo a mi mundo?”.

Desde el día que Dios lo retó, Dave Bookless tiene una misión: compartir con otros el convincente caso bíblico del cuidado del planeta que Dios creó para su gloria y para el disfrute de todos.

Este no es otro libro acerca de cuestiones medioambientales cuyo objetivo es hacerte sentir culpable. Su mensaje es que hay esperanza. Dios puede recibir tus pequeños e insignificantes esfuerzos y multiplicarlos haciéndolos parte de su extraordinario plan.

Dave nos lleva directos al seno de su familia para mostrarnos que vivir de un modo sencillo, además de honrar a Dios, puede convertirse en una aventura de lo más emocionante.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: