La lección de la madriguera

En aquella época mi campo de misión, el lugar en el que pasaba mis días e intentaba ser útil para los demás, era la oficina de una agencia de publicidad justo al lado de la calle Strand. No es que yo tuviera un despacho allí. Tenía lo que mis colegas llamaban cariñosamente “la madriguera” (“Cueva en que habitan ciertos animales, especialmente los conejos”, según el diccionario). La madriguera era un espacio interior oscuro creado tras disponer estratégicamente varios tabiques divisorios y estanterías en mitad de un pasillo. A la madriguera se accedía a través del espacio que quedaba entre un pilar y uno de los tabiques. La madriguera era lo suficientemente grande como para que cupiera un escritorio y una silla, nada más. La madriguera no tenía siquiera una pizca del brillo mítico del glamour de las agencias de publicidad, pero era mi madriguera, y en mi madriguera yo era más feliz que un hobbit.

Aquel día, una de mis clientes me había hecho un encargo importante y me había pedido que lo tuviera listo a la mañana siguiente. Recuerdo que lo necesitaba urgentemente porque su jefe lo necesitaba urgentemente. Y yo no podía endilgárselo a un subordinado porque yo era el subordinado de todos los subordinados. Lo que mi cliente necesitaba era un resumen presupuestario de seis países en la moneda local y en dólares. Hay que tener en cuenta que esto ocurría en una época anterior a que cada escritorio tuviera un ordenador encima, antes de que siquiera existieran los ordenadores, ya que estamos, antes de Excel, antes de que cada ejecutivo tuviera un disco duro del tamaño de una uña en el córtex cerebral. Era una época en la que era bastante probable que a un adulto se le requiriera que hiciera él mismo las multiplicaciones y divisiones. Por suerte, a mí se me daba bien hacer divisiones largas. Aun así, arreglar presupuestos no era ni mucho menos uno de los trabajos que más ilusión me hiciera, ni siquiera en mis mejores momentos, y muchísimo menos cuando apenas tenía tiempo para montarlo. Por lo tanto, me inundó una especie de reticencia rancia y resentida que me mantuvo alejado del más mínimo brote de entusiasmo profesional que hubiera sido capaz de reunir.

Con todo, estuve trabajando a tope toda la noche hasta que lo terminé y lo envié por fax a la mañana siguiente, bien temprano. La última frase de la carta de presentación decía: “Soy su sirviente más obediente y humilde”.

Esa misma mañana, algo más tarde, la directora de la junta a cargo del negocio me llamó a su despacho. Su despacho no era una madriguera. Tenía una puerta de verdad. Y cuatro paredes. Y una amplia ventana que daba a la Somerset House con vistas al Támesis. Y tenía más de una silla. Su nombre era Monica Tross. Era una mujer maravillosa que me enseñó un montón de cosas. Me dijo, “Has hecho un trabajo impresionante, Mark… Destrozándolo a conciencia con la manera en la que has terminado esa carta”. Por supuesto, llevaba razón. Había dejado que mi resentimiento se llevara lo mejor de mí, y había conseguido convertir una victoria en una derrota, agriar un trabajo rápido, competente y útil con un brote de arrogancia mezquina, petulante y engreída.

Pero lo que importa es esto: ¿Dónde había decidido enseñarme el Rey del universo sobre mi orgullo? ¿Dónde había decidido enseñarme el Rey del universo lo que significa un trabajo bien hecho? ¿Dónde había decidido el Rey del universo enseñarme a ser un siervo, un dador alegre, un trabajador que trabaja para su gloria? No en el santuario de la iglesia, aunque ahí también lo hace. No en el grupo pequeño de estudio bíblico de mi casa, no a través de mi compañero de oración, no tomándome un café con mis amigos cristianos… sino justo ahí, en mi campo de misión, justo en medio de mi rutina.

¿Y a quién eligió el Señor Dios, el Rey del universo, para enseñarme todas estas lecciones? ¿A un predicador? ¿Al líder de mi grupo pequeño o a un discipulador? No, fue a mi sabia, aunque no necesariamente fan de la iglesia, jefa.

Tiene sentido, ¿verdad? Después de todo, si fueras el Rey del universo y quisieras enseñar, reprender, corregir y entrenar a tu gente (2 Timoteo 3:16), ¿lo limitarías todo al domingo por la mañana y a los miércoles por la noche y a veinte minutos al comenzar cada día?

El campo de misión no es solo uno de los contextos principales para la misión; es uno de los contextos
principales (aunque no el único) en el que Jesús nos enseña a ser más como él. Y si, en el pasado, ha estado tan resuelto a hacer llegar su mensaje que hasta ha sido capaz de actuar a través de una burra (Números 22), mucho debería de sorprendernos si no eligiera actuar a través de los humanos con los que entramos en contacto en las situaciones que enfrentamos día tras día.

Este fragmento pertenece al libro Dando fruto en tu lugar de misión. Marcando una diferencia ahí donde estás, Mark Greene

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