Los treinta años

Margarita Burt

“Aconteció que cuando todo el pueblo se bautizaba, también Jesús fue bautizado; y orando, el cielo se abrió, y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma, y vino una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia. Jesús mismo al comenzar su ministerio era como de treinta años, hijo, según se creía, de José” (Lucas 3:21-23).

Cuando el Señor Jesús se presenta en el escenario del mundo para empezar su ministerio público, ya tenía 30 años. Sabemos mucho acerca de su nacimiento y de su ministerio público, pero ¿qué de los treinta años de vida en Nazaret, trabajando en el taller de su padre adoptivo, José? ¿Qué fue su primera prioridad durante aquellos años? ¿La carpintería? ¿Vivía una vida cotidiana sin más?

Tenemos solo un incidente de su juventud narrado en los Evangelios. Versa sobre cuando tenía doce años (Lu. 2:41-52). Con esta edad le vemos indagando en las Escrituras, haciendo difíciles preguntas, meditando en ellas. ¿Por qué? Porque en su humanidad buscaba a Dios y su camino para su vida. Pues, Jesús era Dios hecho hombre, realmente hombre (Fil. 2:5-11). No vino a este mundo como ordenador pre-programado, sabiendo lo que tenía que hacer y decir en cada momento. Esto no es humano. Dejó de lado su omnisciencia para hacerse hombre, y como hombre tuvo que estar en contacto con su Padre, buscarle, y conocer el plan que tenía el Padre para su vida (Is. 50:4-10). El que era la Eterna Palabra de Dios estudiaba las Escrituras para cumplirlas en carne mortal en su vivencia en la tierra. El papel de Dios para su vida era tan difícil de discernir que necesitaba los treinta años para meditar en las Escrituras, estudiar las profecías acerca del Siervo de Dios y el Reino de Dios, dividirlas en dos venidas, encajarlas, aplicarlas a sus ministerio, asumir el coste y la necesidad de la cruz, recibir el poder para obedecer lo humanamente imposible, y mantenerse lleno del Espíritu Santo, en comunión con el Padre y en consonancia con las Escrituras

Durante estos treinta años lo logró, y cuando apareció en el Jordán para ser bautizado por Juan, lo que él había concluido le fue confirmado por la voz del Cielo que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mat. 3:17) y el descenso del Espíritu Santo sobre él (Mat. 3:16), por una parte, y por la presentación  de Juan el Bautista que describió su ministerio en términos del “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, por otra. O sea, que el Hijo de Dios iba a la cruz. Esta convicción le fue puesta a prueba en el desierto y ratificada por la Palabra. Con esta seguridad en su identidad y en el contenido de su ministerio, por fe, y en el poder del Espíritu Santo, Jesús empezó su ministerio público. Los treinta años que podríamos pensar que fueron desaprovechados, en realidad fueron empleados para poner el fundamento para el resto de su vida. Eran imprescindibles.

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