“Ser el padrino no consiste en destacar, sino en encajar”

“A él le toca crecer, y a mí, menguar”, Juan 3:30

Es difícil decidir tu importancia por ti mismo. Necesitamos un sentido de importancia que venga de
fuera de nosotros mismos. Por eso, la Biblia enseña que, para que podamos crecer como Dios desea, tenemos que aprender a dejar de juzgarnos a nosotros mismos, aceptar nuestro estatus bíblico y vivir vidas motivadas por algo mayor que la búsqueda de nuestro valor personal. Y eso es lo que está a punto de defender Juan, de una forma muy poderosa.

En primer lugar, en un plano más amplio, la única “importancia” que cuenta es la que viene de Dios. Juan sitúa todo el tema del estatus y el honor sobre una base completamente distinta: “Nadie puede recibir nada a menos que Dios se lo conceda” (Juan 3:27). Por encima de nuestros reclamos de importancia está la realidad de que no poseemos nada que Dios no nos haya dado. En la economía de Dios, la importancia no es algo escaso, ni algo por lo que tengamos que luchar. Todos estamos llamados a aceptar las distintas estaciones a las que Dios nos llama (como madres, como cabezas de familia, como directores ejecutivos, como pastores, como predicadores, como líderes de grupos de hogar, como barrenderos) como algo que Dios nos ha dado y que, por lo tanto, él honra y considera importante. En la abundancia de la gracia de Dios no hay un bien limitado. Hay más que suficiente para todos.

En segundo lugar, todos formamos parte de algo más grande que nosotros mismos. No se trata de ti ni de mí. Para ilustrar esto, Juan se describe a sí mismo como parte de una gran ceremonia de boda (3:28-29). En una ceremonia de boda moderna, el momento que esperamos todos es la llegada de la novia. Pero en la ceremonia que Juan describe aquí, lo único que importa es la llegada del novio. La novia “pertenece”, y por lo tanto sirve, a la gloria y majestad del novio: “El Padre ama al Hijo, y ha puesto todo en sus manos” (3:35). Todos estamos aquí para servir a la gloria del novio, Jesucristo. Juan quiere que sus discípulos entiendan que no se trata de ellos. Puede que estén en el centro de los propósitos de Dios, pero ellos no son el centro de su propósito. El propósito de Dios es traer gloria a su Hijo y ese es también el propósito de ellos.

En tercer lugar, no deberíamos usar los llamamientos específicos ni las responsabilidades que nos ha dado Dios para inflar nuestra propia importancia. En una boda, el padrino no compite con el novio. Todos los que participan (el chófer que lleva a la novia a la ceremonia, el pastor que oficia la ceremonia, el padrino que presenta el anillo) trabajan juntos para servir a un propósito mayor. Juan no necesita conectar su llamamiento específico como “padrino”, como heraldo de la llegada del novio, con su propia importancia. Ser el padrino no consiste en destacar, sino en encajar. No consiste en mirar hacia dentro, sino en mirar hacia afuera y servir con compasión. Juan ha recibido un papel en la historia, pero no necesita convertirla en su historia. Juan es capaz de juzgar, o “evaluar”, el valor y la importancia de su trabajo, sin globalizarlo para juzgar su valor e importancia como persona.

Por último, hay sentimientos positivos de bienestar que a menudo acompañan a un servicio obediente que no apela a nuestra propia importancia. “El amigo [padrino] del novio, que está a su lado y lo escucha, se llena de alegría cuando oye la voz del novio. Esa es la alegría que me inunda. A él le toca crecer, y a mí, menguar” (3:29-30). Tenemos que aclarar que esto no implica, en ningún caso, que esa sea una situación permanente, y a menudo el servicio cristiano es algo que también debe realizarse con perseverancia y con una férrea determinación. Pero Dios, en su bondad, a veces nos da un destello del cielo. Juan “se siente bien”. De hecho, hay una nota de euforia en su voz. Pero Juan no se siente bien debido a su estatus. Lo que motiva y completa su gozo es, en primer lugar, la presencia del novio, y, en segundo lugar, la profunda sensación de contentamiento por estar en el lugar adecuado en el momento adecuado, sirviendo al propósito para el que fue creado.

Juan se encuentra “en su piel”, “en su lugar”, disfrutando de la emocionante sensación de “encajar” entre su deseo (servir a la gloria del novio), la oportunidad de hacerlo y la posesión de los dones para llevarlo a cabo. Para Juan, “simplemente funciona. No alardea de sí mismo. Los dedos de los pies simplemente funcionan; el ego simplemente funciona”.

La gran egolatría, Glynn Harrison, Ágora

Después de décadas intentando sentirnos bien con nosotros mismos, ¿por qué todavía anhelamos significado e importancia? En este desafiante libro, Glynn Harrison defiende que la ideología de la autoestima nos ha llevado a un callejón sin salida psicológico que nos hace más mal que bien, y que la cultura actual de narcisismo y autolegitimación es nuestra recompensa.

El evangelio cristiano nos llama más allá del objetivo de la autoestima, nos anima a dejar de juzgarnos, a aceptar nuestra identidad en la gran historia de Dios y a mirar fuera de nosotros en la búsqueda de su gloria. Este es el único fundamento firme para un optimismo basado en la Biblia, para la confianza y para la resiliencia personal.

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