Seamos justos, así como Dios es justo

El que practica la justicia es justo, así como él es justo. 1 Juan 3:7

[Este artículo fue publicado originalmente en Protestante Digital el 26/10/2015]

Para mí es un placer haber podido colaborar en la traducción de Justicia generosa, de Tim Keller. Desde hace años, los que conocemos la obra de Tim Keller nos hemos venido aprovechando de su capacidad de observar y explicar la realidad de una manera ajustada a la Biblia, pero perfectamente aplicada al contexto urbano y contemporáneo en el que nos movemos. Gloria a Dios por estos buenos profetas. Pero a pesar de que desde su publicación se ha considerado este libro de Keller una obra menor (importante pero no tanto como La cruz del rey, por ejemplo), según fui avanzando en la traducción me di cuenta de que no es así en absoluto. O quizá sea menor a la manera en que Dios hace las cosas, poniendo lo importante en cosas aparentemente pequeñas.

El tema principal del libro de Keller es hablar de la centralidad que tiene la justicia en el mensaje del evangelio y cómo, si obviamos la justicia social, estamos obviando la gracia de Dios en nuestras vidas. En algún lugar del texto, incluso, Keller se atreve a decir que aquellos que repiten incansablemente que “lo que deben hacer los cristianos es predicar el evangelio y punto”, es muy posible que nunca hayan percibido, ni siquiera en pequeña medida, en qué consiste la gracia de Dios, y solo son cristianos a medias. Y yo, que he escuchado ese argumento muy a menudo, no puedo estar más de acuerdo con él.

Su libro encaja perfectamente con otro recientemente publicado, La desaparición de la gracia, de Philip Yancey. Habla desde otra perspectiva, pero el resultado es el mismo: la iglesia evangélica occidental contemporánea, en la medida en que se aleja de la gracia de Dios, se convierte en una religión muerta más. Y el hecho de que dos autores tan importantes se enfrenten de forma independiente al mismo tema nos hace sospechar que la falta de comprensión de la gracia es algo que está preocupando profundamente al Señor de la iglesia. Cuando desde nuestras congregaciones nos preocupamos y oramos preguntando a Dios por qué nuestros esfuerzos son infructuosos la mayor parte de las veces, por qué la gente se marcha de las iglesias, por qué las personas no se convierten, por qué nuestros los pastores se queman y no vemos resultados, es muy posible que la respuesta de Dios sea esta: nos estamos olvidando de su gracia.

La argumentación de Keller atraviesa toda la Biblia, desde el Antiguo hasta el Nuevo Testamento, pasando por los hechos y las palabras de Jesús en los evangelios, y al terminar no cabe ninguna sombra de duda: uno de los principales mandatos de aquellos redimidos en Cristo es funcionar según un sistema económico alternativo; es proteger y cuidar de los pobres y los vulnerables del mismo modo que lo hace el propio Dios desde el principio de los tiempos, aun poniéndonos en evidencia, en situación de desventaja o contraviniendo las opiniones del resto de la sociedad. Si descuidamos esta parte, no estamos siendo iglesia, porque no estamos mostrando al mundo la misma gracia que Dios tuvo con nosotros.

Para mí estas palabras han sido duras, pero necesarias. Los últimos estudios hablan de que la crisis económica de 2008 no ha disminuido la riqueza mundial, sino que ha acabado con el reparto. La riqueza del mundo sigue siendo la misma, pero ahora se concentra únicamente en un 1 % de la población. La iglesia es la ordenada a romper con esta injusticia a través de un reparto constante de los bienes. No solamente deben dar los que más tienen, sino todos, en nuestra medida, estamos llamados a suplir las necesidades de los que están en situación de vulnerabilidad. Así, amándonos unos a otros, es como demostramos que conocemos a Cristo (Juan 13:35). No solamente por medio de nuestras palabras, sino por medio de hechos poderosos que rompen con el esquema egoísta del mundo al que estamos acostumbrados. Keller va más allá y analiza en la parábola del buen samaritano que nuestro “prójimo”, aquel al que debemos amar como a nosotros mismos, no es solamente alguien de nuestra propia fe, o un miembro de nuestra iglesia local. Mucho menos, siquiera, se debe limitar a personas que nosotros entendamos “que se lo merezcan”, del mismo modo que Jesús no murió exclusivamente por aquellos que eran buenos. Y, del mismo modo que Jesús, estamos llamados a ser generosos de forma radical. Sin embargo, no es una enseñanza que se haya escuchado mucho en las iglesias en las últimas décadas. Es más, hay mucha necesidad dentro de las iglesias españolas, dentro de los propios miembros, y hay ocasiones en que se hace poco o nada para aliviar la situación de pobreza o vulnerabilidad de muchas familias, alegando que no tenemos medios para hacerlo, o desviando esa atención a los recursos sociales que proporciona el Estado.

Esta idea de la justicia generosa no se contradice con nuestro modelo económico social. El Señor bendice al que trabaja, e insiste constantemente en que prosperará a aquel que le obedece (Deuteronomio 28:1-14). Pero la cuestión es que el fin de esa prosperidad no es nuestro disfrute personal, ni la acumulación de bienes; no es comer langosta todos los días ni viajar en jets privados, sino tener lo necesario y recursos suficientes para sostener a los que lo necesitan. De esa manera todas las enseñanzas bíblicas, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, encajan. Por esa razón los que defienden la teología de la prosperidad se equivocan. Y no hay más. Sin embargo, existe otro factor importante en todo esto. Y esta parte, reconozco, la escribo de forma personal porque me ha impresionado en este momento de nuestra vida: no es solamente entender de qué manera debemos ser generosos, sino de qué manera Dios es justo y no tolera ninguna clase de injusticia. Keller habla de un Dios que, al contrario que los otros dioses conocidos en su época, no se ponía de parte de los poderosos, sino de los vulnerables. Dios siempre va a defender al que está en situación de desventaja.

Por supuesto, vivimos en un mundo roto y la injusticia es nuestro pan de cada día. Pero nosotros, como cristianos, estamos llamados a honrar el carácter y la imagen de Dios y presentárselo al mundo, y por eso debemos perseguir con la misma rotundidad la injusticia.

Si no nos planteamos nunca esta dimensión del evangelio, si no hablamos y predicamos desde las iglesias el imperativo bíblico de la justicia social, no seremos nada diferentes al resto de personas que no conocen a Jesús. Es muy duro pensarlo así, pero es la verdad. No seremos sal, y no seremos luz. El evangelio demuestra el amor y la gracia de Dios no de una manera teórica y abstracta, sino práctica y concreta. Junto con la predicación, con el estudio bíblico, con la oración comunitaria, está la necesidad de luchar a favor de la justicia y a favor de los vulnerables en una sociedad que, de forma natural, nunca se preocupará por ellos. Pero demasiado a menudo los recursos de los miembros de la iglesia se emplean en el sostenimiento del propio templo, de las actividades propias, y pocos de esos recursos llegan afuera. No estoy diciendo que tener un templo sea malo, lo malo es la prioridad que le damos. Del mismo modo, nos equivocamos si pensamos que el fin de poner en marcha acciones de justicia social es hacer que la gente se convierta y venga a la iglesia: el fin, en realidad, es honrar al Dios que es justo, al Dios que nosotros hemos podido conocer personalmente de la mano de Jesús. No debe haber intenciones ocultas en esto, porque entonces nuestros esfuerzos (como viene siendo habitual) nos agotarán las energías y nos defraudarán.

Como Dios es justo y no tolera la injusticia, su iglesia, el cuerpo de Cristo formado por personas que cada vez se acercan más a la imagen de Dios en ellos mismos, tampoco debe tolerarla. Y sin embargo, por omisión lo hacemos muy a menudo. En las iglesias, por desgracia, se ha predicado demasiado a menudo sobre cómo nosotros recibimos la gracia de Dios, pero no de cómo todo lo que recibimos de él debe fluir hacia fuera. Se nos habla de temas importantes, desde luego, de teología, de conocimiento bíblico, pero mientras nosotros nos entretenemos en desentrañar aspectos poco prácticos (quizá no sea del todo imprescindible saberse los nombres de los compañeros de Daniel o dilucidar una cronología exacta de la parusía), más de 720.000 hogares en España no tienen ingresos. Si no vemos en esto una situación de injusticia y de emergencia, no estamos bien calibrados espiritualmente. Si no nos tomamos esta realidad como prioridad en nuestras iglesias, no estamos honrando al Dios que nos ha puesto aquí para ser luz y sal.

¿Puede la iglesia evangélica de España, la suma de las iglesias locales, solucionar este terrible problema y esta enorme brecha en el tejido social? No lo sé, sinceramente. Pero, desde luego, mucho menos haremos si no lo intentamos.

Lo que más me sorprende de toda esta nueva perspectiva que ofrece Tim Keller es que ofrece una solución a uno de los eternos problemas de las últimas décadas en nuestras iglesias: nuestra quemazón. Hacemos cosas, realizamos actividades, entendemos la importancia del evangelismo, pero para hacer todo esto tenemos que luchar contra un gigante enorme, mover una piedra que no tiende a rodar nunca, y contra la propia pereza de muchos hermanos que están más cómodos acudiendo dos horas al templo el domingo y poco más.

Por supuesto, todo esto tiene muchos más factores. Hay muchas más situaciones de emergencia a nuestro alrededor, a nivel nacional e internacional. Dios honra y bendice a aquellos que no se acomodan y luchan, desde organizaciones y misiones, por llevar la gracia de Dios donde sea. Dios bendice a las familias que acogen en su hogar a los niños que se han quedado sin hogar, y en España hay una gran necesidad de ello. Dios bendice a los que trabajan con personas sin hogar, con drogadictos, con mujeres maltratadas, con inmigrantes en situación precaria, con los refugiados, aun poniéndose a sí mismos en situación de desventaja; aun sin obtener nada a cambio; aun siendo incomprendidos por sus familias por no dedicarse a otras actividades más lucrativas. Yo estoy escribiendo un pequeño artículo y Keller ha escrito todo un libro fantástico. Hacedme caso: buscadlo y leedlo. No os va a dejar en el mismo sitio en el que estáis. El Señor no quiere que nos quedemos en el mismo sitio donde hemos estado siempre.

 

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