Los hijos, nuestra herencia

Margarita Burt

“Si Jehová no edificaré la casa, en vano trabajan los que la edifican… He aquí herencia de Jehová son los hijos” (Salmo 127:1, 3).

Aquí en el Antiguo Testamento Dios está edificando la casa, la casa de Israel, compuesta de las familias de Israel. En el Nuevo Testamento Jesús está edificando su Iglesia, la Casa de Dios. Dios edifica su casa por medio de nacimientos; Jesús edifica la suya por medio del nuevo nacimiento. La casa de Jesús no está hecha de ladrillos y cemento, sino de piedra, de piedras vidas, de personas que son salvas e incorporadas en la familia de Dios. Son su herencia eterna: “Pídeme, y te daré por herencia las naciones” (Salmo 2: 8). Toda esta gente que Jesús hereda de todas las naciones del mundo no están sueltas, sino que están “siendo edificadas como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios” (1 Pedro 2:2). Constituyen una casa santa para Dios, en la cual vivir en medio de su pueblo, para que pueda llenar con casa de su Espíritu para que la gloria de Dios, como hizo en el templo de Salomón cuando fue completado.

Volviendo a nuestro texto, dice: “herencia de Jehová son los hijos” (v. 3).  ¿Heredamos a los hijos? Normalmente los hijos hereden los bienes de los padres. ¿En qué sentido son ellos nuestra herencia? Jesús nos dijo que todo lo suyo es nuestro, que su herencia es la nuestra: “Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde el principio del mundo” (Mat. 25:34). Esta herencia no está compuesta de bienes materiales, sino de personas. Es un reino de personas redimidas. El apóstol habla de “la gloria de su herencia en los santos” (Ef. 1:18). Las naciones que Jesús hereda son el reino, los santos, la Iglesia, la Casa de Dios. Todo viene a ser lo mismo. Y lo que nos interesa a todas las madres que aman al Señor es que sus hijos sean parte de esta herencia, parte de la familia de Dios, la casa de de Dios, los salvos, la herencia de Cristo y la nuestra.

El Salmo habla de cómo Dios edifica la casa, como Él guarda la ciudad, como Él alimenta y da descanso a su pueblo: “En vano es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a descansar, y que comáis el pan de afanes, pues lo dará (pan) a su amado mientras duerme” (Sal, 127:2, BTX). Mientras dormimos Dios provee para nosotros. Hace que el grano crezca para que comamos. Somos sus amados. Dios nos da hijos: “He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosas de estima el fruto del vientre”. Si solo es por el tiempo de nuestra estancia aquí en la tierra, que corto, y qué triste. El salmo está diciendo que Dios hace lo sobrenatural. Nosotros colaboramos en la edificación de la casa, la protección y la defensa de la ciudad, el trabajo para el sostenimiento necesario, ¡y en la procreación de hijos! Pero queremos más que bendiciones temporales. Queremos una Casa eterna, la Ciudad sin fundamentos, la Comida espiritual que no perece, e hijos para la eternidad. Pongamos nuestra fe en las promesas de Dios. Nos ha prometido el Reino, ¡poblado de hijos! ¡Qué sean los nuestros nuestra herencia!

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