Para animarnos en la oración (1)

Margarita Burt

“Danos hoy el pan nuestro de cada día… También les dijo: Supongamos que uno de vosotros tiene un amigo, y va a él a medianoche y le dice: Amigo, préstame tres panes… Os digo que aunque no se levante a darle algo por ser su amigo, no obstante, por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite… O suponed que a uno de vosotros que es padre su hijo le pide pan: ¿acaso le dará una piedra?” (Lu. 11:1-11).

Aquí el Señor nos cuenta dos parábolas para animarnos a orar con la seguridad de que seremos atendidos. En ellas, un hombre pide pan a un amigo y el hijo pide pan a su padre y en ambos casos se les concede lo que piden. Así hará Dios por nosotros que somos más que amigos, somos sus hijos.

Conociendo un poco el trasfondo cultural nos ayuda a entender el significado. En aquellos tiempos era una obligación social atender a los viajeros. Nadie rehusaría hacerlo sin incurrir la desaprobación de todo el pueblo, pues el que llegaba de viaje era considerado huésped del pueblo. Aquel a quien se le pidiera pan se sentiría obligado a proveerlo. Nunca se le ocurriría poner pegas para no dar lo necesario al que se lo pedía.

Normalmente se interpreta esta parábola para decir que deberíamos persistir si queremos conseguir cosas de Dios, pero el autor adelanta otra interpretación que es de mucho consuelo para nosotros. No hay nada en la parábola acerca de la insistencia. Lo de la perseverancia insistente viene en la historia de la viuda y el juez injusto (Lu. 18:1-8), pero en esta parábola el amigo llama una sola vez. La interpretación tradicional depende de la palabra “importunidad”, y se suele decir que el amigo consiguió lo que quería porque era importuno. Pero la palabra que se traduce por importunidad es mejor traducido por “vergüenza”, y, en este caso, el hombre de la casa atiende al que llama porque, de no hacerlo, tendría vergüenza al no seguir con las normas de la hospitalidad. Estaría actuando impropiamente si no respondiera. Jesús está diciendo que, si Dios no nos atendiera, ¡igualmente se sentiría avergonzado por fallar en su obligación de Padre! El que llama recibe lo que necesita, no por su insistencia, sino porque el amigo está bajo la obligación de dárselo. Esto sí que estimula nuestra oración dándonos la seguridad que Dios siempre nos escuchará.

Esta interpretación concuerda con lo que Jesús dice inmediatamente después: “Y yo os digo: Pedid, y se os dará, busca, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá” (v. 10). ¡Ahora esta promesa cobra otro sentido! No tenemos un Dios que pone excusas para no atendernos, ni espera hasta que hayamos llamado tantas veces que estamos cansados de llamar, para luego darnos lo que pedimos. ¡Tampoco tenemos que insistir tanto que se canse de nosotros y nos dé lo que no nos conviene para no oírnos más! Nada de esto. Tenemos un Padre que sabe lo que necesitamos (Mat. 6:32), pero quiere que conversemos con Él al respecto, porque le gusta la comunicación. Jesús nos está enseñando que debemos esperar ser atendidos y escuchados cuando oramos, porque Dios toma muy en serio su papel de Padre.

 


[1] Basado en un artículo de Edificación Cristiana escrito por Antonio Ruiz.

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