Por amor a Dios: 22 de enero

22 de enero
Génesis 23 | Mateo 22 | Nehemías 12 | Hechos 22

Los versículos finales de Mateo 22 (Mateo 22:41-46) contienen uno de los más sorprendentes diálogos del conjunto de los Evangelios. Tras eludir hábilmente caer en la trampa de una serie de preguntas tendenciosas, planteadas más para su descrédito que por un genuino deseo de saber, Jesús reacciona ante sus oponentes haciendo él a su vez una pregunta: “¿Qué pensáis del Cristo?” “¿De quién es hijo?” (22:42). Algunos judíos creían que iba de hecho a haber dos Mesías: el de la línea de David (de la tribu de Judá) y otro de la tribu de Leví. No sorprende por tanto que los fariseos respondan acertadamente: “De David” (22:42). Pero es entonces cuando Jesús plantea la cuestión clave, que cae como una bomba: “¿Cómo pues David, en el Espíritu, le llama Señor, diciendo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies?” (22:43-44).

Jesús estaba ahí citando el Salmo 110, designado por los escribas como salmo de David. De haber sido compuesto por un simple escriba de la Corte, al escribir “El SEÑOR dijo a mi Señor,” lo habría entendido como “El Señor [Dios] dijo a mi Señor [el Rey].” Y, de hecho, así es como lo han interpretado muchos teólogos de la escuela liberal, haciendo caso omiso de lo indicado en el rótulo. Pero, si en verdad fue David el autor del salmo, ese ‘mi Señor’ estaría obviamente apuntado a alguien distinto al autor. La explicación propuesta por muchos expertos en Biblia, tanto judíos como cristianos, durante siglos, es por tanto adecuada: David, “en el Espíritu” (22:43), habría escrito ahí un salmo oracular (esto es; un oráculo, o profecía, inspirado por el Espíritu), en referencia al futuro Mesías que habría de venir: “El SEÑOR [Dios] dijo a mi Señor [el Mesías].” El contenido del resto del salmo, lo establece por tanto como rey universal y verdadero y perfecto sacerdote.

En unos tiempos en los que las jerarquías familiares señalaban a los hijos como inferiores respecto al padre, Jesús hace patente la intención de sus palabras: “Pues si David le llama Señor, ¿cómo es su hijo?” (22:45).

Las implicaciones son realmente impresionantes. El Mesías del linaje de David tendría que ser de la estirpe de David, separado por un milenio del propio David, pero aun así genuino heredero con derecho a ese trono. Por otra parte, además, iba a ser tan grandioso monarca que hasta el propio David tendría que dirigirse a él como “mi Señor”. Toda otra forma de entenderlo sería excesivamente limitada y reduccionista. Los textos relacionados del Antiguo Testamento apuntan en la dirección adecuada ya desde generaciones atrás. Pero eso no evita que vaya siempre a haber quien prefiera las simplificaciones del reduccionismo antes que las profundidades de la revelación del conjunto de la Biblia en su totalidad.

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