Trabajo de mantenimiento

Margarita Burt

“Cristo amó a la iglesia… habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra” (Ef. 5:25-26).

Por medio del perdón de nuestros pecados por la sangre de Cristo (el altar) y la regeneración por medio del Espíritu Santo (el lavacro) tenemos derecho de entrar en la presencia de Dios (el Lugar Santísimo). Esto no significa que “ya está”. Calvario ocurrió una sola vez y Pentecostés ocurrió una sola vez; recibimos el perdón de pecado y nacemos de nuevo una sola vez; pero después tenemos que mantenernos limpios y llenos. Hemos recibido el Espíritu, pero tenemos que beber del Espíritu. Un coche limpio sin gasolina no va a ninguna parte y un coche lleno de gasolina y sucio es impresentable. Sucios del pecado somos impresentables delante de Dios: no podemos permanecer en su presencia. Dios no puede llenar lo que está sucio. “Limpios” y “llenos” van juntos. Para nosotros constituyen dos operaciones en el proceso de mantenimiento.

Cuando pecamos, tenemos que confesar nuestro pecado y después volver a llenarnos del Espíritu, de su Palabra, simbolizado en el tabernáculo por la mesa de panes y el candelero.  Llenarnos de la Palabra, del amor de Dios y del Espíritu son tres maneras de decir prácticamente lo mismo. El Espíritu y la Palabra siempre van cogidos de la mano, y el fruto del Espíritu es amor. “La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros” (Col 3:16). “Sed llenos del Espíritu (Ef. 5:18).“Conocer el amor de Cristo… para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios” (Ef. 3:19).

La meta es permanecer en la presencia de Dios. Los medios son el altar, el lavacro, la mesa de panes y el candelero. Se trata de confesar nuestro pecado e ir llenándonos de la Palabra de Dios, el Espíritu de Dios y el amor de Dios. Esta es nuestra responsabilidad. Requiere diligencia de nuestra parte. Es trabajo. Hemos de estar al tanto. Leemos la Palabra y meditamos en ella cada día. Vivimos de acuerdo con sus enseñanzas. La Palabra nos limpia. “Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado” (Juan 15:3). Confesamos nuestro pecado. La sangre nos limpia: “La sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:9). “Permaneced en mí amor” (Juan 15:9). El amor de Dios nos llena.

Que el Señor nos ayude a mantenernos a punto, siempre llenos de su Espíritu, de la Palabra y del amor de Dios.

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