A los pies de Jesús, siempre

Margarita Burt

“Ésta (Marta) tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra” (Lu. 10:39).

Dejamos a María sentada a los pies de Jesús, un buen lugar para todos nosotros, pero no podemos quedarnos allí siempre. Tenemos que dejarle para seguir con la faena cotidiana, ¿no? ¿Le decimos “hasta luego” y vamos a la cocina para servir como Marta? Tiempo atrás, una servidora tenía un tiempo devocional por la mañana y luego me iba y dejaba la Biblia abierta, porque me sabía mal despedirme del Señor. En casa, de pequeña, teníamos un libro para niños que se llamaba: “Pequeñas visitas con Dios”. Pero así no es. No le hacemos una visita al Señor para luego dejarle. Tampoco vamos a la iglesia para encontrarnos con él. Cantamos: “Entra en la presencia del Señor con gratitud” y “Vengo a ti, Señor”. ¿Dónde estábamos antes? ¿Lejos de él? También cantamos: “Me acercaré al Santuario del Padre”. Esto nos recuerda el Sumo Sacerdote que entraba en la presencia de Dios, al Lugar Santísimo, una sola vez al año. Pero las cosas han cambiado; ¡ahora podemos vivir allí! Siempre. Esto nuevo se llama “permanecer”.

¿Es eso lo que queremos? Pues, hemos de aprender a permanecer. Vamos a poner un ejemplo: has tenido un tiempo devocional maravilloso. Has oído la voz del Señor. Has aprendido de la Palabra. Has adorado al Señor y has orado por mucha gente. Bien. Ahora vas a la cocina para preparar el desayuno para tu familia. Tus hijos se pelean. Salen tarde para el colegio. Suena el teléfono y recibes un disgusto. Haces la comida y no sale bien. Se rompe la lavadora. ¿Estás permaneciendo? ¿Cómo puedes permanecer a los pies de Jesús en tu corazón,siempre, a pesar de todo? ¿Cómo puedes mantener el ambiente establecido durante la hora sagrada en medio de un mundo que nos llena de preocupaciones?   El clamor de nuestro corazón es: “Señor, enséñame”.

¿Sabes cuando no estás permaneciendo? Pierdes la paz y el gozo del Señor. Él parece estar muy lejos y el mundo muy cerca. Cuando te alejas, ¿sabes volver? Pides al Señor que te muestre qué pasó para meterte en otra onda. ¿Dónde permaneces habitualmente? ¿En el marido? Si él está bien, tú estás bien. ¿En tus hijos? Si ellos van bien, tú feliz. ¿En la iglesia? Esta es lo que llena tu vida. ¿O en tu ministerio? ¿En tus heridas? ¿Te ves como inútil, que nadie te ama, que eres fea, tonta, y la culpable de todo? Si es así, has de buscar sanidad emocional. ¿Permaneces en una amiga espiritual? Cuando surge algo, la llamas y ella te tranquiliza. ¿O permaneces en tu trabajo, en la televisión o en el ordenador? ¿O bien permaneces en problemas? ¿O puede ser que simplemente permaneces en ti misma, en tus pensamientos, tu voluntad, y tus planes?

¿Dónde hemos de permanecer? En Cristo. En Juan 15:1-17 sale la palabra “permanecer” unas 10 veces. Tenemos que permanecer en Cristo, centrados en él, todo el día, en su presencia, en su compañía y en el ambiente establecido por ella. “Señor, esto es lo que quiero que me enseñes a hacer: permanecer siempre. Amén”.

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