¿Quién es el verdadero profeta?

Margarita Burt

 

“Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: Yo hice la tierra, el hombre y las bestias que están sobre la faz de la tierra, con mi gran poder y con mi brazo extendido, y la di a quien yo quise. Y ahora he puesto todas estas tierras en mano de Nabucodonosor rey de Babilonia, mi siervo, y aun las bestias del campo le he dado para que le sirvan. Y todas las naciones le servirán a él” (Jer. 27:4-7).

Dios hizo la tierra y Él decide quiénes reinarán sobre ella, cuánto tiempo durará su reinado, sobre qué países reinarán y el alcance de su dominio. Se refiere a Nabucodonosor como “mi siervo”, porque está llevando a cabo la voluntad de Dios,  aunque no sea consciente de ello. Lejos de desear servir a Dios, se opone a Dios, pero este gran emperador es solo un títere en manos de Dios. ¡Sus planes despóticos están cumpliendo los designios de Dios mientras que todo el tiempo está decidiendo libremente! Por eso, Dios le mantiene responsable por todas las atrocidades de guerra que comete y le castigará por ellas en su día. Este es el misterio de la soberanía de Dios.

El mal esta decretado sobre todas las naciones que andan haciendo daño. El juicio de Dios les ha llegado. Con todo, nuestro asombroso Dios ofrece alivio a los que siguen sus instrucciones: “Mas la nación que sometiere su cuello al yugo del rey de Babilonia y le sirviere, la dejare en su tierra, dice Jehová, y la labrará y morará en ella” (v. 11). Es la oferta para sobrevivir que Dios hace a estas naciones. Si se rindan, se salvarán. Si luchan, perecerán.  Es lo mismo hoy. Aunque has hecho un desastre de tu vida y las consecuencias van a ser graves, si te sometes a las instrucciones de Dios, te irá mucho mejor y el sufrimiento será menos.

Ahora en nuestra historia viene un conflicto muy interesante entre Jeremías y los falsos profetas. Ellos han estado profetizando que los enseres del templo que han sido llevados a Babilonia pronto serán devueltos. Es mentira dar falsas esperanzas al pueblo. Jeremías les desafía: “Si ellos son profetas, y si está con ellos la palabra de Jehová, oren ahora a Jehová de los ejércitos para que los utensilios que han quedado en la casa de Jehová  no vayan a Babilonia” (v. 18). Entonces quedará claro si realmente son profetas. Si una persona profetiza y su palabra no se cumple, ese es un embustero. Jeremías había profetizado que los utensilios que se han quedado en el templo también serían transportados a Babilonia y que no volverían hasta dentro de 70 años. A corto plazo se verá si ellos tienen razón o si son falsos.

El tiempo dio la razón a Jeremías, pero en estos momentos fue muy difícil para él, porque él quitaba la esperanza que daban los falsos profetas que la cautividad iba a terminar en dos años. El mensaje de los falsos predicadores siempre es más atractivo.

Nabucodonosor tenía la costumbre de destruir los templos de los países que conquistaba y llevar sus ídolos a Babilonia y ponerlos en el templo de su dios, Marduc,   simbolizando su mayor poder, pero cuando llegó a Jerusalén, no encontró ningún ídolo en el templo. Por eso se llevó los enseres. El pueblo judío amaba el templo. Casi la adoraba. Para ellos, los muebles del templo eran casi sus dioses. Su corazón estaba en la religión, en los ritos, pero muy lejos de Dios. Era lo mismo en tiempos de Jesús. Ya sabemos lo que pasó cuando Jesús fue falsamente acusado de decir que iba a destruir el templo. ¡Le tuvieron por digno de muerte! (Mt. 27:40). Aquí hay una a gran lección: ¿Está nuestro corazón en las cosas de Dios o en Dios mismo?

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