La auténtica actitud cristiana

Margarita Burt

“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Fil 2:5).

El apóstol nos está instando a tener la misma actitud que tuvo el Señor Jesús. ¿Qué actitud fue este? El pasaje lo sabemos de memoria. En algunas iglesias se lee casi cada domingo. Las palabras son familiares, pero, sin mirar al texto, ¿sabemos a qué actitud se refiere? El resto del pasaje lo explica. Vamos a mirarlo:

“Se despojó a sí mismo” (v. 7). Si nosotros nos vamos a despojarnos de nosotros mismos, tenemos que renunciar nuestra reputación, fama, prestigio, lo que consideramos nuestros derechos, nuestras prerrogativas, nuestro estatus social, nuestros títulos académicos, todo aquel en el cual podríamos gloriarnos, aunque sea legítimo, y reducirnos a un mero ser humano, sin nada que recomendarnos.

“Tomando forma de siervo” (v. 7). En nuestro caso, si nosotros nos consideramos siervos, esto quiere decir que no mandamos. Dios manda y nosotros acatamos. El siervo está para ser mandado, sin derecho a nada. No se pertenece a sí mismo, ni manda sobre su propia vida. Está para hacer la voluntad de su amo. No puede protestar, ni quejarse, ni ser negligente en su deber, ni agradarse a sí mismo, ni poner las condiciones de su servicio, ni marcar los límites de su trabajo. No determina su horario, ni lo que hará ni dejará de hacer. Vive exclusivamente para servir al que le compró. Su opinión no cuenta: agacha a cabeza y obedece.

“Se humilló a sí mismo” (v. 8). Fue un acto voluntario en el caso de Jesús, y tiene que ser lo mismo en el nuestro. Decidimos que vamos a humillarnos. Esto quiere decir que vamos a descender en el orden social. Vamos a tener aún menos prestigio que el que tuvimos antes. Jesús era siervo, y se humilló para ser un siervo de menos rango, pasar más desapercibido, tener menos importancia, ser más despreciado. En nuestro caso es ir por la vida como uno más, sin pedir atenciones especiales por considerarnos más que otros, sino, todo lo contrario, no exigir nada, ni honra, ni reconocimiento. Este es el ejemplo de Jesús.

“Haciéndose obediente” (v. 8). En el caso de Jesús la obediencia era hasta la muerte. En el nuestro es lo mismo. Lo que Dios pida de nosotros, eso haremos. Si tenemos que pasar por sufrimiento y muerte por ser de Jesús, lo haremos. Dios puede pedir lo que sea. Si quiere, puede pedir que dejemos nuestro trabajo para servirle, que cambiamos de trabajo, que vivamos con poco dinero, que cambiemos de país, que pasemos la vida sin casarnos, que suframos una enfermedad, y sea lo que sea, haremos lo que pide de nosotros, porque le amamos debido a lo que ha hecho por nosotros en Cristo Jesús; por consiguiente le debemos todo, y lo haremos porque Él es Dios, infinito en sabiduría y su camino es perfecto.

Esta es la actitud que el apóstol nos está enseñando a adoptar, la que caracterizó a Jesús, toda su vida. Ser esta clase de persona es lo que quiere decir ser seguidor de Él, y, en última instancia, lo que significa ser cristiano.

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