Cómo destruir una iglesia

Margarita Burt

“¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Cor. 3: 16, 17).

El propósito del diablo desde el principio era destruir el templo de Dios. Por eso quiso matar a Jesús de bebé cuando no podía defenderse, porque su cuerpo era el templo de Dios: “Destruid este templo y en tres días lo levantaré”(Jn. 2:19). Nuestros cuerpos son el templo de Dios, y también lo es la iglesia local, es decir, la congregación, pues el Señor habita en medio de su pueblo. Cada congregación es un lugar santo donde mora Dios, una luz en el barrio, y un testimonio. La relación que hay entre los creyentes es una de las evidencias más grandes de que el evangelio es verdad. Los incrédulos se fijan en nosotros y dicen: “Cuánto se aman unos a otros”, y están atraídos a Cristo por el amor que ven en la iglesia.  Cuando alguien atenta contra la unidad de la iglesia, destruye su testimonio, apaga su luz y convence a los vecinos del barrio de que esta es una secta más.

El diablo pretendía destruir a Cristo matándole. Era lógico, porque se había declarado enemigo suyo. En muchos países, la persecución de la iglesia viene de fuera y puede llegar hasta la muerte. En el siglo pasado se vieron más mártires por la causa de Cristo que en todos los siglos anteriores, y éste no promete ser mejor. Pero hay otra arma que el diablo usa contra la iglesia con más eficacia, a saber, la persecución que viene desde dentro, de los que pretenden ser creyentes, pero actúan contra sus hermanos en Cristo y contra sus pastores. Toma la forma de la crítica. La lengua puede destruir igual que la espada: “La lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad” (Santiago 3:5, 6). La murmuración es un pecado terrible.

Alguien de la iglesia, o el pastor mismo, te ofende. No te toma en cuenta. No te gustan las decisiones que ha tomado, o su personalidad, o algo que ha hecho. Vas y lo cuentas a tus mejores amigos de la iglesia. Así empieza una campaña de murmuración que puede acabar con la iglesia. Crea desunión, bandas, descontento, y malestar en ella. O sales de la iglesia y vas minándola desde fuera. Te reúnes con un grupo de amigos de la iglesia. Invitas a otros a formar parte del grupo. Y el malestar va en aumento. Ya no puedes invitar a nadie nuevo a las reuniones de la iglesia, porque ya no pueden decir: “Mirad como se aman”, sino: “¿Dónde me he metido?”.

Si ves algo que no te gusta, no lo digas a nadie de la iglesia, ni a nadie allegado. Busca consejo de una persona profesional que sabrá aconsejarte. No seas veneno. Si tienes que salir, sal discretamente. No derrumbes lo que has trabajado años para edificar. Esto es de necios: “La mujer sabía edifica su casa, mas la necia con sus manos la derriba” (Prov. 14:1). Lo mismo va por la iglesia. Es de necios destruirla y acarrea la ira de Dios. Tengamos sumo cuidado a proteger la obra de Dios, ¡no sea que nos encontremos luchando contra Él!

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