El Evangelio según San Mateo III

Margarita Burt

En la primera mitad del evangelio de Mateo, el autor nos ha hablado del Rey y del Reino. Vimos sus orígenes, su ley, su autoridad, la extensión del reino, y la naturaleza del reino que él ofrece. No es de este mundo, no es visible, no tiene trono, palacio, sede; no es político, geográfico o material. Es un organismo vivo y crece en medio de conflictos políticos y religiosos. En la segunda mitad del libro el autor nos revela más acerca de la persona de Jesús y de su reino.

Coloca en el mismo centro de su evangelio la confesión de Pedro: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (16:15). Pedro habla por todos diciendo: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (16:16). De entrada, Jesús había parecido una persona normal, pero hacía milagros y hablaba como nadie jamás había hablado. ¿Quién era realmente? Para un judío, decir que un hombre era el Hijo de Dios era blasfemia. Dios mismo les había revelado su verdadera identidad. Ya que saben que el Hijo de David (el Mesías, el Rey), es también el Hijo de Dios, Jesús cambia su enfoque y empieza a enseñarles la necesidad de su muerte, que el camino al trono pasa forzosamente por la cruz, porque el Rey es también el Salvador. Han tardado 16 capítulos en saber quién es y ahora van a necesitar aún más tiempo para comprender el por qué de la cruz: “Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos era le era necesario ir a Jerusalén y padecer… y ser muerto, y resucitar el tercer día” (16: 21). Pedro está horrorizado. Le tomó aparte e intentó convencerle que no hiciese tal disparate, al cual Jesús contestó: “¡Quítate de delante de mí, Satanás!”. Ya había rechazado la tentación de esquivar la cruz al principio de su ministerio y reconocía su origen satánico (Mat. 4).

Montar un reino sin la cruz no solucionaría el problema del hombre el cual no es su gobierno, sino su corazón. Para que el corazón sea transformado, hace falta que entre el Espíritu Santo, pero él no entra un corazón sucio. Para que sea limpio hace falta la sangre de un Salvador, y para que la sangre sea eficaz, tiene que ser divina. Esto es lo que los discípulos tardarían tiempo en comprender. Para el judío leyendo el evangelio de Mateo por primera vez, es blasfemia que un hombre pretenda ser el Hijo de Dios y que muera maldito, crucificado; esto ya es escandaloso. ¡Cuánto cuesta creer!

Ya que los discípulos saben quién es Jesús (16:16), el Padre lo confirma en la transfiguración (17:2). Allí Jesús aparece en toda su gloria y la Voz del Cielo le señala como su Hijo. Juntamente con Jesús están Moisés y Elías representando la ley y los profetas y el Padre muestra que Jesús es superior a ambos: “A él oíd” (17:5).

En el capítulo siguiente Mateo nos presenta qué clase de reino Jesús vino a ofrecer: es un reino de humildad (18:1, 4), en que se recibe al hermano, hay buenas relaciones, no se menosprecie a nadie, se busca la restauración del perdido, y se perdona al que ofende. Es un reino de humildad, perdón y amor. Todo el mundo va a querer esta clase de reino, ¿no? En absoluto. Lo van a rechazar. Los fariseos no lo quieren (19:1-12); los ricos no lo quieren (19:21); admite gentiles, por lo tanto, lo judíos no lo quieren (20:1-16); ¡y tampoco lo quieren los mismos discípulos! ¡Ellos quieren la clase de reino en que unos de ellos es superior a los demás! (20:20-28). La religión judía no lo quiere tampoco. Quiere mantener la religión como un negocio (21:12-17). Jesús sube a Jerusalén como Rey humilde montado en un burro y la gente hace la pregunta: “¿Quién es éste?” La respuesta es que es un profeta de Galilea (21:10,11). ¿Sí? ¿Solo? Esta es la pregunta del millón que cada persona en este mundo tendrá que contestar.

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