Desde que tengo memoria, siempre he admirado el legado de los héroes. Y con esto no me refiero a sus hazañas en sí, sino al significado emocional y espiritual que sus gestas imprimen en los corazones del pueblo. Algunos ejemplos de ello son el favor de los mexicanos del que goza El Zorro, frente al desprecio que sienten por los americanos; el movimiento “Hijos De Batman”, formado por antiguos integrantes de la pandilla de Los Mutantes, que después de la victoria de Batman sobre su líder, se ven inspirados a convertirse en justicieros en lugar de malhechores; o la honra que los distintos alter-egos de los miembros de mi grupo de rap favorito, Wu-Tang Clan, dan a sus influencias, a las que enmarcan en un legado digno de los monjes Shaolin, y que en su imaginario particular, han recibido de sus maestros tras atravesar la puerta de la 36ª Cámara de Shaolin. Gracias al legado de los héroes, cristalizado en el corazón de los beneficiarios de la victoria del bien sobre el mal, el pueblo puede vivir con paz y esperanza, aún en medio del caos y la precariedad. De repente, aquellos que eran débiles se pueden ver empoderados por la victoria del héroe, y aquellos que eran partidarios del villano tienen solamente tres opciones a su alcance: la huída, la muerte o el arrepentimiento, exactamente como tú y como yo ante la victoria de Jesús en la cruz.
Y es que pretender, como muchos lo han hecho, que el nuevo nacimiento en Cristo supone una alienación total del neonato para con su cultura anterior, es la conclusión inmediata procedente de los movimientos de santidad anglosajones del siglo XIX que tan alegremente ha calado en nuestras iglesias evangélicas españolas, desde el siglo pasado hasta el día de hoy. Evidentemente no es un fenómeno exclusivo de nuestro país, sino que se ha expandido desde el norte hasta el sur a lo largo y ancho del territorio hispano. La eiségesis de versículos como 2 de Corintios 5:17, Efesios 4:22-24, Juan 17:16 o 1 de Juan 2:15 ha contribuido a vaciar la iglesia local de su cultura popular. Y como no puede ser de otra manera, cuando una cultura se va, una nueva cultura llega.
Keyla García Molina lo explica de manera exquisita a través de su modelo basado en La Sirenita de Disney. Frente a las tensiones provocadas por este llamado a la alienación, el cristiano reacciona como Ariel, como Sebastián o como Tritón, frente a los cantos de sirena de los habitantes de la superficie.
Como Ariel, abrazamos la cultura sin ningún tipo de cuestionamiento, subordinando a ella nuestra fe, canjeándola en lugar de establecer un diálogo correcto. Como Tritón, cedemos por completo a la alienación, y rechazamos de manera taxativa cualquier tipo de elemento cultural exógeno a nuestras iglesias, y por el contrario, lo atacamos (Especial mención al grandísimo Josué Yrión, y su conocidísimo ataque al Pokimon). Y como Sebastián, pretendemos montar una orquesta bajo el mar, sabiendo perfectamente que los sonidos percutidos, tañidos, soplados o cantados solamente pueden transmitirse mediante el aire, creando así una subcultura evangélica.
Sin embargo, Keyla, lejos de dar exclusivamente el problema, pone a nuestra disposición la solución definitiva: la subversión de la cultura. Es un modelo perfectamente bíblico, que además ha resultado ser perfectamente exitoso para otros movimientos. Hemos visto el triunfo estético del movimiento de los Panteras Negras en la cultura afroamericana, la hegemonía Oi Skinhead de la izquierda abertzale en Euskal Herria, la colonización estética del Trap en la década pasada en el mainstream global (con sus respectivas demarcaciones nacionales y regionales), o el auge de lo otaku asociado al constante ascenso del K-Pop.
Amo, consumo, respiro y creo cultura desde que tengo uso de razón, y nunca he dejado de sentirme una rara avis por dedicarme profesionalmente a ello en mi condición de cristiano evangélico. Sin embargo, creo firmemente que libros como Jesús, el verdadero héroe son la luz al final del túnel para los raritos como yo, que no nos doblegamos ante las distintas industrias culturales cristianas, sino que nos dedicamos a “edificar el reino de Cristo en medio de nuestros enemigos”, como decía Lutero.
Creo que Jesús, el verdadero héroe dista mucho de ser una mera reflexión acerca de nuestro papel frente a la cultura, o las distintas teofanías en medio de relatos fantásticos que sirven de miguitas de pan a aquellos que buscan a Dios mientras pueda ser hallado. Jesús, el verdadero héroe es, sin lugar a dudas, una guía para la acción.
Debemos aprender, mediante esta lectura, a no renegar de nuestras culturas, relatos, imágenes, sonidos, conceptos populares, sino a redimirlos de la misma manera en la que Cristo nos redimió a nosotros. A buscar la excelencia que no vamos a hallar solamente tocando los coritos de la iglesia, sino metiendo de lleno los morros en la música de Johann Sebastian Bach, Miles Davis, Stevie Wonder, James Cotton o Mic Geronimo. A entender que Reina y Valera estaban también embebidos de los usos del lenguaje de Góngora, Quevedo o Cervantes. A saber mirar a Dios no solamente en el Cristo del Greco, sino a buscarlo en la mirada multicromática y caótica de Basquiat. A aprender a ser iglesia, con La Sirenita de Disney.
Keyla es el ejemplo perfecto de que una mujer, joven, friki, estudiosa y madre, es el tipo de voz que más nos hace falta en nuestras iglesias, en lugar de escuchar las constantes quejas de quienes, con el peso de los años, en lugar de aportarnos su sabiduría, nos obstaculizan con sus comodidades. En palabras de Ray Barreto, necesitamos “sangre nueva, indestructible”, y libros como este son el primer paso para una nueva realidad en nuestros contextos eclesiales.
Reseña escrita por Chick Juárez (David Juárez)
Chick es pianista, productor musical y compositor español. Miembro votante de los Latin Grammy, ha desarrollado proyectos como Un-released y The Revolution. Forma parte de D’Straperlo Inc. y dirige su propio sub-sello, Atelier Records, con una destacada trayectoria en el jazz y la fusión.



