“¡Por fin, alguien que hablaba mi mismo idioma!”

Al contemplar la imagen de la portada del libro Cicatrices en nuestras familias, cuando vemos esas manos agarrándose fuertemente al hijo o hija que, inevitablemente, pronto tendrán que soltar, empezamos a sentir el corazón compungido y percatarnos de lo duro que puede llegar a ser leer cada uno de los relatos que se encuentran en sus páginas.

La mayoría de madres que han escrito sus historias o testimonios, han pertenecido, en algún momento, al grupo de ayuda mutua que lleva por nombre Flores de Edelweiss, grupo que fundé a raíz de la partida de mi querida hija Raquel, en un momento en el que sentía que no tenía con quien hablar, porque, al parecer, de repente, nadie hablaba mi lenguaje. En esos momentos de búsqueda desesperada, Dios quiso poner en mi camino personas que compartían mi misma fe en Jesús, y que habían pasado por lo mismo que yo. Instantáneamente, mi alma quedó apegada a ellas y supe que sería bueno reunirnos.

¡Por fin, alguien que hablaba mi mismo idioma!

Al recopilar los testimonios, pude leer en algunos de ellos, que agradecían que alguien les hubiera ofrecido la posibilidad de compartirlos. ¿Por qué? ¿Cuál ha sido la razón por la que hemos escrito nuestra tan dolorosa historia aún sabiendo que, al escribirla, reviviríamos todo de nuevo, y eso podría pasarnos factura de alguna manera?

Tiene que haber una razón muy poderosa para hacer algo así.

El motor que nos ha impulsado a escribir a pesar de “los daños colaterales” que después pudiésemos sufrir, ha sido el deseo de llegar al alma de cualquier lector que esté pasando por un duelo similar, al alma del doliente que piensa que la vida le ha ganado la partida haciéndole jaque mate apartándole de su ser querido. Yo llegué a sentirlo así durante bastante tiempo, pero, cuando sentí que la grandeza de Dios y sus promesas están por encima de la vida y de la muerte, volví a retomar el sentido de mi vida.

Como en toda moneda de doble cara, en estos testimonios también podemos ver la cruz, no la cruz que nos ha tocado vivir, sino la cruz donde le tocó a Jesús morir, y los efectos que esta puede aportar a tu vida si depositas tus cargas a sus pies.

El consuelo, la paz, la fuerza… que tenemos para seguir adelante, no son solo por la capacidad de resiliencia que algunos podamos tener, es más, no solo porque creamos en Él, sino porque le creemos a Él, creemos en la Biblia como Su palabra, que es viva y eficaz, y confiamos en sus promesas más que en cualquier otra cosa del mundo.

Tras cada testimonio, la autora del libro, Lidia Martín, creyente, psicóloga y escritora, nos ofrece pautas, a nivel práctico, que nos sirvan para reconducir mejor nuestro dolor y ubicarlo dentro de lo que significa nuestra fe.

En cuanto al subtítulo que lleva este libro, quisiera destacar que, si tenemos vida después de la muerte de un hijo, es porque primero hemos creído en la vida después de la muerte del Hijo, y su posterior resurrección.

Esther Cots, fundadora del grupo Flores de Edelweiss y madre de Raquel


Cicatrices en nuestras familias. Vida después de la muerte de un hijo

Lidia Martín

Frente a una de las tragedias más terribles que pueden sufrir unos padres como es la pérdida de un hijo o una hija, ¿cómo continuar viviendo? ¿Hay posibilidad de seguir adelante habiendo curado el corazón doliente? A través de varias historias cedidas por las familias, principalmente a través de la voz de la madre, se tratan los temas universales y recurrentes que van surgiendo en la elaboración de un duelo.

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