¿Por qué no preguntar a Dios?

¿Quieres conocer Dios no echa las cartas, el nuevo libro de Miguel Ángel Fernández? ¡Aquí te dejamos un fragmento para ir entrando en materia!

Imagina que tomásemos una baraja de cartas del Tarot o utilizásemos cualquier otro método de consulta espiritual, e hiciésemos preguntas como: “¿Existe un Dios creador y personal? ¿Hay vida después de la muerte?”. La respuesta sería: “No puedo revelar nada sobre ese tema”. Esta es una respuesta real recibida por varias personas que han estado dentro de círculos esotéricos. Por tanto, si esas fuerzas espirituales no son capaces de colmar nuestros interrogantes, puede que realmente su intención no sea que encontremos la paz sino atarnos a una espiral de duda. Entonces, puestos a probar, ¿por qué no preguntar a Dios?

Ahora bien, ¿cómo podríamos esperar que Dios hable cuando ya nos hemos comunicado satisfactoriamente con “el otro lado”? ¿Por qué parece que a Dios le cuesta tanto comunicarse de forma clara con el ser humano? Tenemos que tener en cuenta varios aspectos. Primero, una consulta dentro del mundo esotérico es similar a una transacción económica; yo obtengo algo a cambio de ofrecerte otra cosa. Es un acuerdo rápido y satisfactorio. Este tipo de vinculación la veremos con más detalle en el capítulo 3, “La vivencia de lo esotérico”. Por el contrario, el cristianismo no es ningún tipo de acuerdo eventual, sino que está fundamentado en una relación. Por esta razón, no podemos esperar que escuchar a Dios sea un acto instantáneo como aquel que paga por una camiseta o una hamburguesa. En las relaciones, la complicidad necesita tiempo y el amor necesita libertad para ser real. Si ciertamente Dios quiere que tengamos una relación profunda y verdadera con él, este no puede manifestarse como un medio evidente ni como un ser opresor. 

El célebre escritor Miguel de Unamuno se preguntaba a principios del siglo pasado: “Señor, ¿por qué te escondes si encendiste en nuestro pecho el ansia de que existas?”. Dios no puede dejar de amarnos, pero respeta nuestra libertad hasta el punto de no ser más obvio. En la Biblia, en multitud de ocasiones, Dios narra su deseo de encuentro con nosotros como si él fuese un amante que anhela tomar a la novia (Isaías 61:10), pero esta se escapa justo antes de la boda debido a su corazón inconstante (Ezequiel 16:30). ¿Y acaso el Dios invisible no ha estado llamándonos desde los elementos visibles en su creación? ¿No habla el inmenso universo del inconmensurable poder de Dios? ¿No nos cuentan las maravillas de la naturaleza el encanto de su persona? Puede que parte de la razón por la que nos cueste tanto escuchar a Dios es porque, de una forma o de otra, hace tiempo que cegamos nuestros ojos, tapamos nuestros oídos y obstruimos nuestros sentidos; en definitiva, rechazamos la invitación para ese encuentro divino. Y parece ser que solo mediante ese enlace con nuestro verdadero amado, nuestras aflicciones y anhelos encontrarán reposo (Hebreos 4:16). 

Lo paradójico de las espiritualidades que pregonan la reconexión con la naturaleza y con uno mismo, es que con sus prácticas precisamente favorecen lo contrario: la enajenación de la percepción y la esterilización de la mente. Esto es debido a que muchas de las personas que viven una espiritualidad esotérica acaban desarrollando algún hábito tóxico, como la subordinación a las consultas, la relación de dependencia con la canalización espiritual, la inducción de estados de conciencia alterados mediante el trance, la regresión o la ayahuasca, la obsesión con la protección obtenida mediante ritos o amuletos, etc. Dios, en contraste con cualquier tipo de alienación, nos ruega que estemos atentos y lúcidos: “¡Estad alerta! ¡Vigilad! […] no sea que [yo] venga de repente y os encuentre dormidos” (Marcos 13:33, 36).

Jesús de Nazaret, durante su vida y ministerio, no estuvo exento de buscar discernimiento y guía en la presencia de Dios. De forma recurrente, Jesús se apartaba a la soledad de las montañas, a la quietud del monte de los Olivos o al reposo del desierto para hablar con el Padre. Para él, la naturaleza presentaba un escenario idóneo donde escuchar a Dios. La oración era el eje de su misión, lo más esencial en su vida. Siempre que debía tomar una decisión importante o ante desafíos inminentes, su recurso era el diálogo íntimo con Dios. Orar no era un método para aislarse del mundo, sino la única disciplina que podía nutrirle con una visión clara de lo que le rodeaba y de su propósito en todo ello. Orar le permitía ver su realidad con los ojos de Dios. […]

En definitiva, aquel espíritu contemplativo que busca en lo natural y en lo cotidiano la voz de Dios no está desencaminado, pues si la creación es obra de sus manos, la piel que envuelve lo creado nos llevará hasta el alfarero.


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