¿Por qué tus alumnos están precisamente ahí?

El propio autor explica en la introducción el propósito u objetivo de este libro de título tan sugerente. Empieza aclarando, a los lectores que ejerzan como docentes, que el libro no es “una guía realmente útil, paso a paso, sobre cómo ser un testigo cristiano en tu trabajo”. Menos aún, podemos añadir, se encontrará en él orientación metodológica alguna que nos ayude en la impartición de una determinada materia. Graham nos aclara que el libro

consiste en una serie de historias, la mayor parte mías, cuyo objetivo es ilustrar algunas de las cosas que pueden suceder cuando realmente deseamos explorar las posibilidades de experimentar a Dios trabajando en nuestras clases.

A partir de su propia experiencia, Graham nos ayuda a reflexionar sobre nuestro trabajo: “¿Estoy sirviendo bien? ¿Estoy ayudando a mis alumnos a un nivel personal durante el tiempo que están en mi clase? ¿Estoy sembrando algo en sus vidas que Dios pueda usar en el futuro?”. Tales preguntas no surgen solo del deseo de ser un profesional responsable y competente, sino de la clara consciencia de que hay un propósito en el hecho de que precisamente esos alumnos estén en tus clases:

“¿Por qué tus alumnos están precisamente ahí?”.

Por encima de otras razones de orden social (el derecho y el deber de estudiar, la zona en la que está el centro escolar o el prestigio de este, la elección de los padres, etc.), Graham se muestra convencido de “que tiene que ver con la elección soberana de Dios”, de que hemos sido llamados a ejercer influencia en nuestros alumnos, de que hemos sido elegidos para enseñarles, capacitarles e inspirarles y, en definitiva, para “desempeñar una gran influencia para el Reino de Dios”.

Graham es consciente de que nuestros alumnos están sujetos a otras múltiples influencias (la familia, la televisión, las redes sociales, los grupos de iguales, etc.), de ahí que nos inste a ser una voz, un ejemplo, que les “aporte una perspectiva celestial”. A continuación, señala que la influencia que ejercemos sobre nuestros alumnos puede ser “consciente” o “inconsciente”. Esta última es la que ejercemos a través de nuestro ejemplo, de nuestra forma de hablar y de actuar, de los valores que transmitimos, de la forma en la que nos relacionamos con ellos, etc. Por otro lado, la influencia consciente es aquella que ejercemos cuando nos aseguramos de orientar a las personas que lideramos de una manera en particular”. Ahora bien, como él mismo nos previene, esta influencia consciente y planificada puede ser vista bajo sospecha aun cuando los motivos y la práctica sean plenamente transparentes, lo cual, siendo cierto en el Reino Unido, lo es más aún en un contexto como el español. Por eso nos exhorta a dejarnos influenciar más y más por el Espíritu Santo, a pedir “gran sabiduría, compasión y gracia para asegurarnos de hacerlo bien”, y a “orar para que cualquier influencia que tengamos esté enfocada hacia Jesús”. Graham se muestra convencido de que aun cuando no podamos hablar a nuestros alumnos directamente de Dios, las posibilidades de que Dios obre por medio nuestro en sus vidas son tan grandes como su amor por ellos:

“No debemos subestimar el increíble impacto que podemos tener en ellos porque nuestra confianza en el Espíritu Santo está moldeando el clima en el aula”.

Para Graham es irrenunciable la convicción de que cada niño, cada adolescente a los que daba clase “había sido colocado allí por Dios”. La pregunta que sigue es clara: “¿Cómo desarrollamos un mayor nivel de sensibilidad a la dirección de Dios en el bullicio de la vida escolar?”. En respuesta a esta pregunta, él mismo nos da algunas sugerencias:

Ora específicamente por las clases y situaciones en las que te encuentras y por cada uno de tus alumnos, por nombre, reconociendo su singularidad. Valóralos por lo que son en sí mismos, no por sus logros o éxitos académicos. Cree que estás en tu centro escolar con un propósito divino y, por lo tanto, que eres relevante en el plan de Dios para ese lugar y esas personas. Y si el coste emocional, mental, físico o espiritual es demasiado alto, cambia de planes o reduce el ritmo, pero no abandones. En un centro educativo, muchas cosas reclaman nuestra atención a lo largo del día. En una situación tan demandante, «mira de cerca a Aquel que te ama y sigue su guía mientras respondes a lo que se te presenta».


Espera que Dios te muestre lo que está haciendo. Ora con fe y no subestimes tu capacidad para ser su representante. Sé sensible al Espíritu Santo y descansa dejándole a él los resultados.

Es evidente que el contexto educativo en el que Graham ha desarrollado su ministerio difiere significativamente del español, en el que el sector público es fuertemente laicista y beligerante contra toda manifestación religiosa, y el sector homologado ─considerado parte de la oferta pública y sometido por ello a fuertes restricciones de carácter confesional─ está mayoritariamente vinculado a la Iglesia Católica. En todo caso, sea por las limitaciones del contexto, o porque entendamos que llevar a los alumnos a los pies de Jesús es misión de la iglesia y de la familia, el ejemplo de Graham Coyle y la visión de su misión como docente son verdaderamente retadores para todo docente, una fuente de inspiración para el desarrollo de nuestra relación con Dios, el desempeño de nuestra labor docente, la relación con nuestros alumnos y el fin último de la educación.

Daniel Casado, reseña publicada originalmente en Edificación cristiana.


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