De cuando en cuando aparece la obra de un autor evangélico que ilumina principios teológicos fundamentales para la iglesia y la sociedad, en la que se aprenden cosas nuevas en casi cada página y se recuerdan otras olvidadas, escrita en el estilo claro y transparente característico de un autor que facilita una lectura entretenida y amena. Tal es el libro de José Moreno Berrocal, tan admirador de la figura de Roger Williams como objetivo en su análisis de las implicaciones de su lugar en la Historia y en el mundo. Aquí hay reflexiones interesantes sobre temas eclesiales, desde el erastianismo hasta el anabaptismo o el cuaquerismo, donde la visión moderada de Williams, fundador de la primera iglesia bautista de América, brilla con luz propia.

Mútiples anécdotas con sus aventuras trepidantes, peligros y vicisitudes jalonan el texto, tantas, que sería imposible resumirlas aquí. Nacido cerca de Londres en 1603 en una época políticamente convulsa en Inglaterra, Roger Williams estudió en la escuela de Charterhouse y en el Pembroke College de Cambridge, alma mater del teólogo protestante y mártir Nicholas Ridley y del poeta Edmund Spenser. Fue amigo de figuras tan emblemáticas como John Milton, autor del célebre Paraíso perdido, y de Oliver Cromwell, lord Protector y defensor del Parlamento frente a la monarquía. En 1629 se casó con Mary Barnard y en 1631 emigró a América junto con su esposa donde ejerció de pastor en Massachusetts. Perseguido por sus ideas, en 1636 fundó las Providence Plantations como refugio para la «libertad de conciencia», la gran pasión de Williams basada en su profunda comprensión de las Escrituras. Tras conseguir una Patente por el Parlamento inglés, en 1647 se aprobó la Constitución de Rhode Island con inclusión expresa del concepto de libertad de conciencia del que Williams fue pionero y promotor, y gracias a su gestión en 1663 se concedió una Patente Real por parte de Carlos II. El nombre de la capital de Rhode Island, Providence, indica el valor que Williams atribuía a los designios de Dios.
Puritano de los puritanos (en el sentido original de quienes anhelaban la pureza de la vida personal y eclesial), Williams creía firmemente en la separación Iglesia-Estado. (Afirmaba que Constantino hizo más daño a la iglesia del Señor que Nerón, puesto que la involucración del estado en los asuntos espirituales corrompía inevitablemente a la iglesia). Era profundamente democrático, amigo de los indios nativos cuyas lenguas aprendió además del hebreo, latín, griego, neerlandés y francés adquiridos a una edad temprana, y de todos los perseguidos por motivos de conciencia. No en vano José Moreno pone como subtítulo a su obra: La libertad de conciencia, la separación Iglesia-Estado, y el poder democrático, un resumen sucinto del pensamiento de Williams. Autor de libros que causaron un gran revuelo en ambos lados del Atlántico, Roger Williams falleció en Providence en 1683, siete años después de la muerte de su esposa y madre de sus cinco hijos, una pérdida que le afectó profundamente.
Entre los muchos descubrimientos, pequeños y grandes, que ha proporcionado este libro, hay uno que causó a este lector un gran impacto, una verdadera serendipia que por sí sola valió para mí la lectura de sus 300 páginas, y que de un plumazo ilumina no solo el sentido de la vida de su protagonista sino de paso arroja luz sobre el significado del evangelio de Cristo en la iglesia y en la sociedad:
«Para articular su posición sobre la libertad de conciencia y la separación Iglesia-Estado (Roger Williams) se apoya en una pormenorizada consideración de la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. El análisis del verdadero lazo que une a ambos testamentos, de su auténtica trabazón y coherencia entre ambas partes es lo que nos proporciona la clave para su idea de la libertad de conciencia. Y es que es imposible entender a Williams sin referirnos a la manera en la que concebía la conexión entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Su posición se basa en lo que se conoce como la tipología bíblica, también denominada ‘figuratismo’ la interpretación tipológica de la escritura es la base sobre la que Williams desmonta los argumentos de los que querían construir una especie de teocracia blanda en América» (p. 200, énfasis mío).
He aquí la clave de una hermenéutica cristocéntrica de la Biblia que, para mi asombro, explica también el significado profundo de la obra de Roger Williams, una lección nunca más relevante que en el día de hoy, y que José Moreno nos ha dado a conocer.
No puedo terminar sin hacer constar una impresión personal que me ha acompañado a lo largo de la lectura. El espíritu de Roger Williams refleja el de su autor, afable y respetuoso en todo cuanto emprende, sin dogmatismos e imposiciones, profundo conocedor de la Escritura al igual que el epónimo héroe de su obra, enamorado de Cristo y de su Palabra, y «amable con todos», como Pablo recomendó.
No concibo un biógrafo mejor que Pepe Moreno Berrocal para traernos la figura de Williams.
Felicito asimismo a Andamio Editorial por una edición cuidada y atractiva digna de su tema. Recomiendo la lectura de este libro con afecto y gratitud.
Reseña escrita por Stuart Park.

